La política exterior de Chile en una incómoda encrucijada

La prensa nacional ha abundado en los meses recientes con imágenes y comentarios negativos respecto del manejo de las relaciones internacionales de Chile por parte del actual gobierno: errores no forzados, equivocaciones innecesarias, improvisaciones en temas delicados, sesgo ideológico son algunas de las manifestaciones de esta sensación pública de que la política exterior del país está siendo manejada en forma desordenada y sin una brújula suficiente para dar cuenta de los desafíos de la escena internacional.

Lo más positivo que ha ocasionado la actual administración de derecha en el gobierno en Chile, es que crece el número de ciudadanos que opinan y buscan información sobre lo que sucede en América Latina y en el mundo, ya sea para aprobar o para rechazar la política exterior que ha seguido el actual gobierno.

Es bueno y saludable que los ciudadanos intervengan en el debate público y político sobre las relaciones exteriores de Chile, tanto porque los asuntos internacionales no son un rubro exclusivo de algunos pocos especialistas y diplomáticos, ni porque estos temas nos involucran como nación, como país, en un mundo cada vez más interconectado y abierto.

Chile, desde los años noventa en adelante había recuperado una imagen y una posición internacional como un país serio, ordenado, que progresa, que se relaciona en términos de dignidad y mutuo respeto con todos los gobiernos, con todas las naciones, que ha sido capaz de asumir una postura mediadora (como en los prolongados conflictos de El Salvador y en Colombia), todo ello en función del conjunto de intereses nacionales en el cono sur de América Latina, en el Pacífico Sur y en los espacios antárticos, que fundamentan la política exterior como Política de Estado.

Un nuevo orden mundial.

Chile regresó a la comunidad internacional después de 1990, ganando un sitial de prestigio incluso como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, atrayendo una cuantiosa inversión extranjera, abriendo sus fronteras a los intercambios y siendo parte activa de los principales foros regionales e internacionales: UNASUR, MERCOSUR, Alianza del Pacífico, APEC, Organización Mundial de Comercio, entre otros y alcanzando el más importante rango directivo del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

A la globalización de los negocios se suma la globalización de las comunicaciones y de la conectividad y al intercambio planetario entre culturas y en la construcción de una sociedad de la información y del conocimiento.

Entre 1990 y 2019 el mundo ha cambiado dramáticamente: la crisis migratoria alcanzó al continente sudamericano, China continúa avanzando hacia la posición de primera potencia global, EEUU se enfrenta a los dilemas de la crisis de su liderazgo económico, tecnológico, geopolítico y militar; Europa ha sido golpeada por una prolongada crisis financiera y económica; surgen en distintas sociedades los peligros del fascismo y de las políticas xenófobas; se incrementan el interés, la presencia y las inversiones chinas en América Latina; aparecen tensiones internacionales nuevas entre EEUU, Rusia y China por la hegemonía mundial, al tiempo que aumenta el impacto de las crisis ambientales producto del cambio climático, a la que se suma la crisis energética antes del cambio de matriz energética hacia fuentes no contaminantes y renovables.

Este es un mundo que deja de ser unipolar, para convertirse gradualmente en un planeta multipolar, en el que las pequeñas naciones emergentes deben saber “navegar” con inteligencia y sagacidad, para no verse atrapadas en el intenso remolino de las grandes confrontaciones de las potencias por la hegemonía global.

Asistimos a un cambio cultural global donde la nueva conciencia feminista se encuentra con las nuevas generaciones de jóvenes, portadores de una idea de cambio a escala mundial y territorial local que es inédita.

¿Cómo se sitúa Chile en este nuevo escenario plagado de incertidumbres?

Lo que ha caracterizado a la política exterior de Chile, en los recientes decenios es -entre otros factores- su notable capacidad para “moverse” en el plano bilateral y multilateral de la escena regional y mundial, para evitar que los conflictos afecten a Chile y a su sociedad, para frenar el impacto de las crisis y conflictos fuera de nuestras fronteras, a fin de que no se reproduzcan dentro de nuestras fronteras afectando nuestra convivencia.

¿Cómo se explica, por ejemplo, que en Chile, los migrantes judíos y árabes, no hayan trasladado a este país el conflicto que los divide en Medio Oriente? Porque Chile ha sido reconocido por unos y otros como un país de paz, de tranquilidad, de progreso, abierto y con un sistema político democrático y pluralista. En materia migratoria, Chile ha retrocedido en vez de avanzar en los recientes doce meses de gobierno.

Al revés es lo que sucede con la postura política ideologizada y sesgada de la actual administración de gobierno. Se ha alineado preferentemente junto a los gobiernos latinoamericanos de políticas más extremistas y populistas de derecha, perdiendo nuestra vocación de país mediador y equilibrado.

Una suma interminable de errores.

El incidente de Cúcuta (Colombia) fue un episodio tragicómico de la política exterior del actual gobierno.

Anunció ayuda humanitaria para el pueblo venezolano, pero ese cargamento de mercancías quedó abandonado en la ciudad colombiana fronteriza de Cúcuta, en medio de un grave incidente de barricadas y bombas molotov lanzados por los partidarios de la oposición venezolana. En dicha puesta en escena estuvieron presentes el Canciller y el Presidente de Chile avalando con su presencia los bochornosos incidentes. La ayuda humanitaria debía ser entregada, según reza el Decreto respectivo del Ministerio del Interior, a una autoridad ficticia e inexistente como es el supuesto “Presidente Encargado”. En suma, la ayuda humanitaria chilena nunca llegó a Venezuela y finalmente ese país recibió ayuda entregada por la Cruz Roja Internacional.

Pero, además, durante los últimos meses de 2018 y principios de 2019, el canciller, el Presidente y su gobierno insultaron, denostaron y agredieron periódicamente a la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los DDHH Michelle Bachelet hasta que hubieron de percatarse que una autoridad de Naciones Unidas, no se rige por los códigos de las barras bravas o del lenguaje del odio, sino por las estrictas reglas institucionales del principal organismo internacional del mundo.

El fiasco de Marrakech y la no firma del acuerdo global sobre Migraciones, fue otro caso de improvisación que dejó mal parado a Chile ante los organismos internacionales.

A su vez, resulta evidente que la carta conjunta enviada por el gobierno de Chile el 11 de abril a la Corte Interamericana de Derechos Humanos fue otro error no forzado. Una equivocación en la que no solo no se consultó al Ministro de Justicia y DDHH, sino que se improvisó el apoyo de los gobiernos de Argentina, Brasil, Colombia y Paraguay, generando una suma de rechazos de la comunidad de los Derechos Humanos en Chile.

Un error no forzado que se inició en Santiago de Chile, que solicitó el apoyo a los demás gobiernos, es decir que se originó en el segundo piso de La Moneda y que dejó al Canciller, nuevamente, en una posición subordinada.

En un Estado presidencialista como Chile y en una república monárquica donde el Presidente de la República es al mismo tiempo, Jefe del Estado, Jefe del Gobierno y Jefe de la Administración Pública, con el gobierno de Piñera la agenda internacional (como la agenda económica, la agenda política, la agenda social, la agenda tecnológica y la agenda ambiental) se han centralizado en La Moneda,…en el segundo piso de La Moneda…para ser más precisos, en el escritorio del Presidente de la República.

El retorno a la guerra fría.

Para la mayoría de los observadores internacionales y de los ciudadanos del mundo, la guerra fría entre EEUU y la URSS concluyó en 1990 con la caida del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética.

Pero, algunos se han quedado pegados en 1989.

Queda la impresión que hoy, en pleno siglo XXI, la política exterior de Chile se concibe como una política de trincheras ideológicas, tal como fue la política internacional desastrosa de la dictadura de Pinochet, que aisló a nuestro país durante casi dos décadas.

También resulta evidente que ante un gobierno con un Presidente omnipresente en todos los temas de la agenda pública, la política exterior se decide en el segundo piso del Palacio de la Moneda y no en el Palacio José Miguel Carrera, con un canciller disminuido, improvisador, casi escolar y poco conocedor de los códigos y estilos de trabajo de la moderna diplomacia internacional.

Con este gobierno, la política exterior deja de ser Política de Estado y se vuelve solo política, con minúsculas.

Si la promesa señalada en el programa de gobierno de Piñera era de “responder a los desafíos en materia de paz y seguridad internacional, fortalecer las relaciones vecinales, brindar las mejores condiciones posibles de desarrollo y promover la democracia, la libertad y los derechos humanos”, eso no ha ocurrido, especialmente en las relaciones en el ámbito latinoamericano, donde se ha introducido un sesgo ideológico y comunicacional que parece privilegiar las relaciones políticas con gobiernos del mismo signo político ultraneoliberal, conservador y fronterizo con el neofascismo…tal como ocurre con la agenda exterior de EEUU bajo la administración Trump.

En este primer trimestre Chile inició los trámites a fin de abandonar UNASUR, para privilegiar la formación de una alianza con gobiernos de derecha denominada PROSUR.

El polémico viaje a la República Popular China, es otro ejemplo de la improvisación, que genera decepción. Se trataba sin duda de un momento importante para la política exterior chilena, la de fortalecer las relaciones con la potencia asiática, destacando la posición de Chile en el Pacífico Sur, en los mercados asiáticos y en los espacios antárticos. Chile podía lucir un rol de “puente geopolítico y geoeconómico” entre América del Sur y el continente asiático.

En China, además, el gobierno de Piñera brindó a la opinión pública una nueva voltereta política e ideológica: después de pasar semanas atacando al gobierno de Venezuela y de impulsar una agresión militar externa e interna contra el gobierno del Presidente Nicolás Maduro, el presidente de Chile señaló en Beijing que “cada uno tiene el sistema político que quiera darse”, regresando por un instante al principio de la autodeterminación, pero dejando de relieve un realismo político que se contradice con su discurso anti-izquierdista y su supuesta política de principios.

Se firmaron entonces importantes acuerdos y se avanzó en las perspectivas de la interconexión entre Chile y China, pero el poco presentable incidente de la presencia innecesaria de los hijos de Piñera en reuniones oficiales de negocios internacionales, puso de relieve un sesgo de corrupción y nepotismo muy criticado por la opinión pública.

En las horas recientes, el gobierno anuncia la suspensión del viaje a Holanda y a Alemania, donde junto a la Canciller Angela Merkel, Chile iba a co-presidir un seminario internacional sobre el cambio climático, perdiéndose así otra oportunidad de posicionar a Chile en el debate mundial sobre este tema estratégico del desarrollo mundial

La no firma del acuerdo de Escazú, nos deja esta vez en una posición incómoda como país, frente a la comunidad internacional que incrementa su preocupación por el impacto del cambio climático sobre el planeta.

La pérdida de la neutralidad.

La posición ideológica de Chile frente a la situación venezolana, finalmente, podría resumirse bajo el titular “la pérdida de la neutralidad”.

Después de años de una política exterior basada en el principio del respeto a la autodeterminación de los pueblos, la política exterior del gobierno de Piñera se sitúa en las antípodas de la neutralidad frente a un conflicto político interno grave como el que afecta a Venezuela.

Chile fue históricamente garante de la paz en Colombia y cumplió un rol mediador en el conflicto en El Salvador en las décadas recientes, pero ante el grado creciente de polarización interna de Venezuela, el gobierno de Chile se sitúa en un bando, apoya abierta y subrepticiamente desde una trinchera ideológica de guerra fría, cualquier salida extraconstitucional en ese país, deja abierta la posibilidad de respaldar cualquier tentativa de golpe de Estado y de sublevación militar en ese país, abanderizándose con un sector del espectro político venezolano.

Con esta política de trinchera, Chile perdió la neutralidad y dilapidó la posibilidad de mediar y contribuir a resolver el conflicto interno venezolano, como lo han intentado hacer Uruguay y México.

Nuestra política exterior se encuentra en una encrucijada, de la que no se sale solo con un cambio de Ministro.

Manuel Luis Rodríguez.

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