Una encrucijada histórica – Ernesto Sepúlveda

Estamos próximos a una nueva elección presidencial en Chile.

Por primera vez en nuestra vida republicana post dictadura, las calles no lucen los colores, ni se oyen los sonidos ni los discursos de los líderes políticos que se enfrentarán en esta contienda democrática. Este ha sido un efecto no deseado ( o deseado y no declarado), por los “expertos” que diseñaron la normativa destinada a perfeccionar el sistema de partidos, y a transparentar y regular el financiamiento de las campañas electorales.

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Entiéndase que era absolutamente necesario establecer un muro inexpugnable que separara el dinero de la política. Eso la nueva legislación lo consiguió y lo hizo muy eficientemente. Prueba de ello, las pasadas elecciones municipales, en que se redujo sustancialmente el gasto en campaña de los candidatos.

Sin embargo, lo que los expertos no previeron, fue que el proceso eleccionario iba a desaparecer totalmente de las calles y avenidas, al extremo de que numerosas personas ni siquiera se enteraron de que se votaba para elegir alcaldes y concejales. Lo anterior, sumado al proceso de deterioro de la confianza pública en los partidos políticos y en la actividad política en general, nos dejó con un magro 34% de participación a nivel país. Ó sea 3 de cada 10 ciudadanos, participó en las votaciones para elegir a los nuevos alcaldes y alcaldesas por todo el país.

Los carteles, pancartas, fotografías, rayados, panfletos, palomas de los más variados colores, formaban parte de un cierto folclor que acompañaba a las elecciones, y que estaba profundamente arraigado en nuestras costumbre  cívicas y republicanas. Los “expertos”, académicos muy reputados, que de buena fe elaboraron las nuevas “Tablas de la ley” para la política, erraron garrafalmente en este aspecto. Ya que se ha conseguido desprender a las elecciones populares de la necesaria visibilidad, que facilite que los ciudadanos voten  y voten informados.

Aún no ha terminado de cuajar la idea del voto voluntario, que también se propuso en su oportunidad como una forma de aumentar la participación (¡). Unido a la inscripción automática, se pensó, sin ningún sustento fáctico, que los votantes fluirían con entusiasmo a las urnas. Evento portentoso, que como es natural no se produjo. Suficiente evidencia existía de que con voto voluntario, sólo concurrían a votar los sectores más ilustrados, que  en Chile coincide con grupos de mayores ingresos.

El mayor número de votantes en Chile, cuando regía el voto obligatorio,  se produjo en las elecciones presidenciales de 1994, con 7.376.691 electores de un total de 8.085.493 inscritos. Abstención del 8,77%. Esas elecciones las ganó la Concertación de partidos por la democracia con el 57,98% y 4.040.407 votos de Eduardo Frei Ruiz Tagle.

El menor número de votantes en Chile, en vigencia del voto voluntario, se produjo en las elecciones presidenciales de 2013, con 6.699.011 en primera vuelta y 5.697.524 en segunda vuelta. Este resultado significa que 500 mil personas que votaron en primera vuelta del 2009 no concurrieron a votar el 2013. Y en el caso de según vuelta un millón y medio de personas dejó de ir a las urnas. Estas elecciones las ganó la Nueva Mayoría con el 62,17% y 3.470.055 votos de la Presidenta Michelle Bachelet en su segunda campaña presidencial. Obteniendo el mayor porcentaje de todas las elecciones presidenciales efectuadas desde 1989.

Las elecciones del 19 de noviembre son con voto voluntario, y con muy poca visibilidad de los candidatos y sus propuestas en las calles y avenidas de Chile. Una campaña financiada con recursos públicos y fuerte control del SERVEL, evitará la existencia de gastos descomunales que se vieron en elecciones anteriores. Sin embargo, si no existe el pleno convencimiento de los partidos políticos, de que una mayor participación es necesaria para la buena salud del sistema democrático, la tendencia a la “elitización” del voto seguirá acentuándose.

Recientemente una campaña comunicacional del ministerio Secretaría General de Gobierno, ha puesto en las pantallas de TV y en la web, la noción de que mientras menos participen en las elecciones, menos personas tomarán las decisiones. Y estas no serán siempre del gusto de las grandes mayorías.

La irrupción de candidaturas alternativas a los dos grandes bloques que representan a la centro – izquierda y a la derecha, no ha generado hasta ahora la concurrencia masiva a las urnas. Se vio en las elecciones municipales de 2016 y en las primarias presidenciales de este año.

Hoy estamos en una encrucijada histórica, donde se juega el destino de las reformas impulsadas por el gobierno de la Nueva Mayoría, la  alianza de partidos más amplia que se conozca en nuestra historia como República.

La noción de que en noviembre se enfrentan ante la ciudadanía,  dos ideas de sociedad, del mundo, y de la vida, es lo que debiera sacarnos del marasmo en que hoy nos encontramos. Es un llamado de alerta para las grandes masas de jóvenes beneficiarios de la gratuidad en la educación, que se reconoce como derecho social, en contraposición a una educación que se transa como bien de consumo. Son más de 260 mil en todo el país, ello y sus familias tiene mucho que decir.

Será esta la primera vez, y quedará así escrito en la historia, que los chilenos y chilenas elegiremos a nuestros representantes al parlamento, sin el sistema binominal de la constitución de Pinochet, que empataba artificialmente a las fuerzas democráticas, impidiendo aprobar legislaciones más progresistas. Con el veto permanente de los sectores políticos retardatarios.

Será también la primera vez, en que podrán competir en todo Chile un mayor porcentaje de mujeres candidatas, en proporción no inferior al 40% de las respectivas listas. Más mujeres y más jóvenes en la actividad política, es esencial para recuperar la credibilidad del sistema político.

La elección del 19 de noviembre es más que otra simple votación, estamos ante la decisión de continuar por el camino trazado por la ciudadanía el 2013, y seguir avanzando hacia  un estado social y democrático de derecho, o es el camino de la involución, del retroceso a un estadio anterior, donde el individualismo campea, donde se exalta la competencia por sobre la colaboración, y los bienes de consumo por sobre los derechos sociales.

En este momento trascendental de nuestra vida democrática, miremos el futuro con los ojos de nuestros hijos, y no con el de nuestros abuelos. Asumamos nuestro compromiso con la historia y concurramos con entusiasmo a las urnas.

ERNESTO SEPULVEDA.

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