Conocí la experiencia chilota con la marea roja y los salmones – Dalivor Eterovic

Por Dalivor Eterovic Díaz – Consejero Regional por Magallanes (PC)

En los últimos días pudimos concretar desde las Comisiones de Medio Ambiente y la de Ciencias del CORE Magallanes una visita a las zonas afectadas por la Marea Roja y Marea Café. Ambas, floraciones algares que simultáneamente afectaron a las Zonas de Puerto Montt y Chiloé. Por cierto, una visita que sorprendió a quienes nos recibieron, por este interés nuestro en conocer materias que no preocupan a los propios Consejeros de las regiones visitadas.

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Explicaciones a la catástrofe hay muchas. Entre ellas, el hecho de que se conjugaron condiciones adecuadas para que se manifestara el fenómeno, como son altas temperaturas del agua, alta radiación y luminosidad solar, pocas precipitaciones  y abundancia de nutrientes disponibles en el mar. Así brotó la marea roja afectando las costas, la actividad pesquera artesanal y el cultivo de mariscos, principal sustento de decenas de comunidades, además de actividades asociadas como el turismo y la gastronomía local.

Días antes se había hecho presente la marea café, que con su explosivo crecimiento produjo la muerte de miles de toneladas de salmones. Esta alga colapsó las jaulas sobrepobladas de salmones, quitándoles el oxígeno y provocando la muerte de los hacinados ejemplares.

Inicialmente fue posible enfrentar la emergencia destinando los salmones muertos a la elaboración de harina de pescado, solución precaria que sirvió hasta el momento en que los enormes volúmenes de peces muertos imposibilitaron el adecuado manejo de los desechos. Se dice que 40 mil toneladas fueron vertidas en alta mar, y que un porcentaje fue a parar a vertederos locales y de regiones aledañas. Y sencillamente se desconoce cuántos salmones se hundieron en sus propias jaulas, producto del peso de los mismos.

En resumen, dos fenómenos distintos de floración algar, producidos casi simultáneamente, que sin duda alguna están relacionados tanto por las condiciones climáticas imperantes como por la influencia del ser humano en el medio natural. Ambos, de manera concomitante, fueron capaces de desatar una crisis sanitaria y social en toda la Isla de Chiloé.

Pero qué hay tras esta crisis social. A mi juicio no se expresa otra cosa más que el fracaso de un modelo de desarrollo extractivista, enemigo del medio ambiente y del propio ser humano, de su forma de vida y su cultura, basado en la obtención de máximas utilidades económicas a cualquier costo.

Así las cosas, la explosión social deja al descubierto la expresión organizada de miles de ciudadanos que desde sus comunidades demandan acceso a la salud, a la educación, a la vivienda, exigen apoyo financiero para mejorar sus incipientes actividades económicas, reclaman construcción de caminos e infraestructura pública y la atención de una serie de necesidades. La respuesta a todo ello alcanza los 20 mil millones de pesos a desembolsar por el Estado, para ir en ayuda no de un pueblo asolado por la marea roja, sino que de un pueblo abandonado al mercado y, a consecuencia de ello, acorralado cada día más en sus posibilidades de acceder a los recursos naturales que tradicionalmente posibilitaron su forma de vida.

Lo que había tras la crisis eran cientos de comunidades que vivían de la pequeña agricultura, de una primitiva oferta turística, de lo que les entregaba el borde costero, de la pesca artesanal, de exiguos salarios pagados por salmoneros y centros de cultivos de mariscos.

Entonces, con la crisis sanitaria de Chiloé hemos descubierto una gran isla que se mantiene al margen del desarrollo, que cada cierto tiempo clama por un puente que los una al continente, que sufre de abandono y de carencias. Y que además entrega las condiciones naturales y la mano de obra barata ideal para desarrollar intensivamente el mono cultivo salmonero, cuyo producto tan preciado en Europa y Asia, genera millonarias ganancias a la empresa nacional y mundial.

Hoy la industria salmonera financias profesionales, estudios, ONG`S y universidades. En consecuencia, es fácil encontrar opiniones favorables que sólo hablan de una falta de fiscalización y coordinación entre los servicios públicos para hacer sustentable la actividad. Es fácil desde el aula y el laboratorio encontrar las respuestas más adecuadas al “lamentable evento”.

Hoy es fácil encontrar opiniones empresariales y del mundo financiero que esperan la oportunidad de invertir grandes capitales en este negocio. Rentable inversión en la que inclusive cuentan con verdaderas garantías estatales, ya que anteriormente el sector ha sido favorecidos con millonarios salvavidas desde el propio Estado para evitar el colapso inminente, siguiendo la tónica recurrente del actual modelo que socializa las pérdidas y privatiza las ganancias.

En lo personal creo que esta actividad, como cualquier otra industria que genera ingresos millonarios, nunca se autorregulará ni menos se amoldará a la normativa existente si de eso depende la obtención de mayores utilidades. Creo que la fiscalización es siempre estéril cuando de millones de dólares en juego se trata.

La experiencia chilota, el magro desarrollo y beneficio obtenido a cambio de la destrucción del medio ambiente y el deterioro del patrimonio histórico y cultural, demuestran lo ya mencionado. Una vez más será el Estado el que concurra para remediar el daño, entregar bonos, créditos blandos y programas de inversión o desarrollo y así intentar corregir el fracaso de los inversionistas privados en la isla.

Es de esperar que en esta oportunidad la ayuda llegue de la mano de una política de desarrollo acorde a la realidad y necesidades de un pueblo milenario, que no necesitaba de un “mall”, que nunca pretendió ser el principal productor salmonero del mundo, y al que sin saber por qué ni para qué, siguen apretándole el cinturón.

Finalmente, dicho lo anterior, creo que en Magallanes debemos corregir el rumbo y adoptar una decisión política que implique una moratoria en materia de instalación de centros de cultivo y engorda de salmones.

 

 

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