El desencanto y el asalto al Estado – Camilo Escalona

Se ha señalado en los últimos días, en información de prensa, la resolución del Cuarto Juzgado Civil de dictaminar la devolución de 54 millones de pesos al ex Director de Fonasa, por “incompatibilidad legal” y recibir recursos públicos indebidos. Como se sabe, no es el único alto ejecutivo de la Administración Piñera que está en manos de la Justicia.

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Asimismo, en la semana se conoció, que fue otorgada una desmesurada jubilación a un ex coronel y a la ex subdirectora de Gendarmería, así como, se tomó conocimiento que habían casos similares de otros altos ex funcionarios de esa repartición. Esas pensiones debieran recalcularse en conformidad a la reciente resolución de Contraloría, mantener esos montos es insostenible.

En la Cámara de Diputados, se han formado comisiones investigadoras para establecer responsabilidades políticas y administrativas, vinculadas a considerables montos mal usados, despilfarrados o, lisa y llanamente, sustraídos desde instituciones tales como el Ejército de Chile, Cenabast, Junaeb, Gobierno Regional de Valparaíso y otros servicios públicos.

También, hay indagaciones judiciales como la que afecta a los municipios de Maipú y Cerro Navia, por la licitación de la recolección de basuras, o recientemente en Quinta Normal por mal uso de beneficios escolares, que ingresan a una larga lista de situaciones en que se trata el Estado como limón para exprimir y extraerle hasta el último peso, usando cualquier vía o método.

En suma, son demasiados los casos en que hábitos y conductas exhiben un total desprecio hacia el uso justo y correcto de los recursos fiscales, aquellos que tantas veces se afirma en forma grandilocuente, son de todos y todas. Esta codicia hacia los dineros fiscales se ha convertido en un ácido que corroe el sentido moral de la función pública, con efectos hoy incalculables, para la autoridad que ante el país debiesen tener las instituciones fiscales.

Se ha hecho una costumbre pedir o propiciar bonos, subsidios, ayudas o donaciones con las platas del Fisco, como si para compensar el desencanto con la política el Estado tuviera que gastar todo lo que se le pida y echar mano a cuanto recurso disponga, no importando lo que pase después ni tampoco de donde sale la plata para costear todo aquello que se quiere gastar; eso en realidad parece que no interesa.

La idea subyacente parece decir que, como el descrédito del sistema político es definitivo, lo que manda en el comportamiento de cada cual es el “sálvese quién pueda”, que después cuando no haya con qué responder a tanto compromiso fiscal, ese será un problema que hoy no merece mayor preocupación. Eso se verá mañana. Con esa ética social, el país va a un callejón sin salida.

El balance final es que son tantos los gastos chicos e inconducentes que para las grandes inversiones, esas de alcance estructural como la reforma de la Educación Superior, no hay los suficientes recursos que aseguren su correcta implementación. Ahora muchos son los lamentos pero los dineros no alcanzan, se usaron en tantas cosas que es como si no se hubiera gastado en nada.

Hay que ser claros. La farra de las malas prácticas no puede tener como respuesta el asalto al Estado, llegando a que se anule su función estratégica a la cabeza del país. Esa es una actitud errada, urgir y presionar para atender toda suerte de males individuales e infinita cantidad de temas puntuales, indefinibles desde una lógica nacional, lleva a consumir y desviar los recursos que debiesen financiar las tareas de una mirada estratégica de lo que se requiere como nación a largo plazo.

En este hábito coinciden populistas autoritarios de derecha con grupos refundacionales de izquierda. Es la rutina ideológica y política. Parece ser que las causas son remotas, entre ellas está la actitud contestataria, de muchos que sufrieron las acciones de terrorismo de Estado en la dictadura. Es como una respuesta, si el Estado tanto nos humilló ahora le toca pagar.

La inercia es tal que, por la razón que sea, ante un apremio financiero, una crisis familiar o un accidente de vacaciones, estando de por medio un apuro o una necesidad, de inmediato se exige que el Estado se haga cargo de arreglar y apalancar lo que sea del caso, de lo contrario se escuchan voces airadas acusándolo de ineficiente o neoliberal. Así se nutre la vía al populismo más ramplón.

En la derecha es comprensible dado que su adoración al mercado le hace cultivar una fuerte aversión al Estado, sin embargo, resulta difícil de entender en la izquierda tanto eco hacia demandas o consignas que golpean las políticas públicas y hacen escarnio del rol del Estado.

Lamentablemente, los que debiesen defender el Estado no lo hacen o son burlados por una marea populista, que exorciza como “neoliberal” a quién tenga la valentía de contradecir el auge de gastos incontrolables y advierta que aquello que se gaste debe estar financiado, y que cuando no haya recursos no se puede recurrir sin techo al endeudamiento fiscal, que en algunas  naciones fue una verdadera morfina adormecedora, hasta que se desató la catástrofe de la insolvencia y la posterior recesión, que debilitó aún más el Estado y reforzó la mercantilización en Europa.

La tarea es múltiple, parar las malas prácticas, encauzar las demandas sociales, detener la entrega de promesas que no se van a cumplir, reponer una ética de responsabilidad social, derrotar el mal uso y el despilfarro de los recursos fiscales; todo ello, para que prevalezca el bien común y el Estado dirija su acción hacia la consecución del interés nacional, aquel que debe prevalecer.

Paso a paso, entre desmesuradas promesas, conductas viciosas y malas prácticas, codicia y pituteo, se ha lesionado la legitimidad del sistema político y ha sufrido un duro golpe la confianza hacia los partidos y las instituciones democráticas, cada día que siga sin cambiar el rumbo es un día perdido. Hay que rectificar y trabajar arduamente para rehacer la confianza ciudadana y retomar la buena política en el país.

Camilo Escalona.

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