A propósito del diálogo Rivas-Luksic

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Cada uno de ellos ganó su minuto de gloria con sus respectivos discursos mediáticos.

El diputado que terminó su virulento discurso en la sala de la Cámara, tratando al empresario Andrónico Luksic como “hijo de puta” y el empresario que trató al diputado  Gaspar Rivas de “pobre diputado”.

Desde hace algún tiempo, hay quienes están haciendo uso del insulto, del garabato y de la denostación como herramientas para tratar en público a sus adversarios, como si una cierta guerrilla verbal sirviera para mejorar la calidad de la política y del debate en el espacio público.   Hay quienes van camino de olvidar que la vida pública, el debate en democracia, es en esencia un intercambio de ideas, una confrontación de razones, un cruce de argumentos donde el objetivo principal es enriquecer la discusión con la diversidad de los puntos de vista.

Los ciudadanos tenemos derecho a esperar mucho más de los políticos y los empresarios. No es sembrando temores ni inventando desastres futuros que se va a recuperar la confianza de los chilenos respecto de los empresarios y los políticos.

Algo similar ocurrió en el reciente año 2015 cuando los insultos abiertos y velados, las mentiras tomadas por verdades y las descalificaciones verbales contra la Presidenta de la República fueron práctica habitual de quienes participan en la vida pública.

Naturalmente, podría ocurrir que ambos pidan perdón y disculpas por las faltas incurridas o los errores cometidos, pero un país con una ciudadanía  cada vez más alerta y vigilante, ya sabemos que si los perdones proferidos no van acompañados por acciones concretas y actitudes eficaces que reparen el mal ocasionado, todo puede quedar en una simple bravata ante el micrófono y la webcam.

Debo reconocer que en este farandulero “diálogo Rivas-Luksic”, producido desde la Cámara de Diputados y festinado desde las redes sociales mediante la plataforma Youtube, no encuentro ningún concepto que aporte positivamente al debate que hoy interesa a la ciudadanía: ni las estridencias verbales resuelven el problema del crecimiento, la falta de innovación, el incremento de la cesantía, ni las descalificaciones ayudan a dar cuenta de los dilemas energéticos, ambientales, laborales, políticos y sociales que tenemos como sociedad.

El “diálogo Rivas Luksic” tampoco contribuye en nada al proceso constituyente ni mucho menos a empujar favorablemente la reforma educacional, porque desvía la atención de la opinión pública hacia una pelea de grandes “cabros chicos” que se insultan para la galería y pretenden hacer de la convivencia social y política una especie de pelea de gallos, de esas del siglo XIX.

Alguien tiene que abrir la puerta del diálogo.

Para ser y parecer razonables, tenemos que usar la razón, toda la razón.

Manuel Luis Rodríguez U.

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