Cuestión social en Chile: la desigualdad – Pablo Monje Reyes

La desigualdad en Chile es una realidad. El terremoto en el norte y el gran incendio en Valparaíso, dos catástrofes de distinto origen, la muestran descarnadamente. Los más afectados son los pobres, los humildes, los rotos, el pueblo de Chile. Algunos antecedentes. La desigualdad social y económica se puede mostrar mediante el índice de GINI, que mide la equidad de los ingresos (0 = equidad perfecta / 1 = inequidad perfecta). Según el Banco Mundial, su valor en Chile es 0,521, lo que nos deja como uno de los países más inequitativos de América del Sur, sólo superado por Colombia (0,559). En el caso de los países desarrollados, un ejemplo de equidad es Bélgica con 0,265. De la misma manera, según datos de la Universidad de Chile, el 1% de la población más rica se lleva aproximadamente el 21,1% del ingreso total del país. En caso de Dinamarca, el 1% de la población más rica se lleva 6,0% del ingreso total de su país.

Observemos la desigualdad desde la perspectiva de los salarios, según datos de la Fundación Sol. Un Gerente General de una gran empresa gana $17.900.000, es decir, 85 veces más que Salario Mínimo, que asciende a $168.000 líquidos, descontadas previsión y salud (sueldo bruto $210.000). La pensión promedio que pagan las AFP es $183.000. La pensión asistencial otorgada por el Estado asciende a $75.000. Otro dato interesante es el Gasto Público Social como % del PIB. En Chile es 10,2%, mientras que en el promedio de los países desarrollados de la OCDE es 21,9%. Chile tiene una estructura socio económica que garantiza la desigualdad de los ingresos en forma histórica. Resulta curioso que nos sorprendamos cuando la pobreza y la desigualdad emergen desde los cerros y quebradas de Valparaíso, o de las poblaciones de Alto Hospicio.

En el ámbito político, la desigualdad se expresa en la participación de la población en las elecciones presidenciales y parlamentarias. Según datos del Servicio Electoral, en las últimas elecciones las comunas populares tuvieron un nivel de participación de a 39%. En las comunas de más altos ingresos alcanzó el 58%. Esto se explica principalmente porque los sectores populares han consolidado, en su subjetividad, que al participar en política no les cambia nada su realidad. Paradójicamente, son quienes acceden a mayor cantidad de políticas sociales organizadas desde los gobiernos de turno. En cambio, los sectores de altos ingresos, al tener más educación y de mejor calidad, logran adquirir de mejor manera conciencia de clase. Logran integrar a su comportamiento socio-político la práctica del voto, como un instrumento que les permite conservar sus condiciones de privilegio social. Por tanto, la desigualdad también es estructural en el campo de la política, que se determina por el nivel de ingresos y educación.

Consistentemente con lo económico-social y lo político, el campo cultural también ratifica la desigualdad en Chile. Según el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes la distribución de equipamiento cultural: bibliotecas, teatros y espacios de exposición, Chile presenta la mayor desigualdad del continente. Las comunas más ricas tienen más equipamiento que las comunas más pobres. Sobre disponibilidad de libros por hogar tiene el índice más bajo de América Latina menos de 5 libros por hogar. Producción editorial la más baja del continente menos de 300 libros al año, solo en Argentina se produce más 1500 anualmente. Datos de la UNESCO. Desde la perspectiva de quienes accede a espectáculos pagados, está claro que estos se definen por la disponibilidad de ingresos. Por tanto son los sectores socioeconómicos que pueden pagar los que acceden, son los ABC1. Un ejemplo: el festival Lollapalooza; el costo de su entrada era por sobre los $80.000, la mitad del sueldo mínimo líquido. La desigualdad cultural está muy ratificada en Chile por la mercantilización de la cultura, donde sólo pueden acceder a bienes y servicios culturales quienes tienen dinero para pagar. Si la cultura es un bien de consumo, su efecto en la estructura social del país es profundizar la desigualdad de origen.

La sociedad chilena está enfrentada a estas desigualdades. Su origen tiene que ver con el modelo de desarrollo que Chile ha implementado en los últimos 40 años. El modelo neoliberal de desarrollo, en el que sus promotores han colocado en el centro el crecimiento económico, descartando de plano la búsqueda del desarrollo social con igualdad. Han liberalizado todas las actividades humanas bajo la lógica del mercado. Su máxima de justicia ha sido que, quien tiene ingresos, puede demandar en el mercado bienes y servicios. El mercado no tiene sentimientos ni valores, solo asigna según la capacidad de compra y de oferta. Han considerado y consideran legítimo, como lo dice una investigadora de Libertad y Desarrollo, que suban los precios de bienes de primera necesidad, en una situación de catástrofe. De hecho, eso ya está ocurriendo con los materiales de construcción en las cadenas de retail del país. Consideran al mercado como un instrumento que permite asignar eficientemente recursos de la sociedad. ¿Para quién es esa eficiencia? Para los que concentran el poder económico, y que consideran que existen chilenos de primera y segunda clase. Los neoliberales consideran que hay chilenos que no deben existir porque son un lastre para la sociedad y la economía: los pobres, los pueblos originarios, los migrantes, las mujeres pobres, en definitiva, los rotos.

La visión neoliberal de los últimos 40 años es avalórica, determinada por los intereses de una pequeña elite que se ha beneficiado de ella sin contrapesos. Son los que actualmente se oponen a priori a una reforma tributaria, a la reforma de la educación, a la reforma de salud, a la reforma laboral. Se van a oponer siempre a todo lo que signifique cambio de valores y que tenga como objetivo entregar justicia, igualdad, dignidad social, económica y política a los más desposeídos.

El modelo neoliberal ha mantenido la desigualdad basándose en la relación desigual entre el capital y el trabajo. Los dueños del capital han utilizado el aparato jurídico político (Estado) para ratificar esta desigualdad. Un ejemplo. En Chile, la legislación laboral establece el derecho a huelga con reemplazo, y múltiples trabas para la sindicalización de los trabajadores. Entre ellas el multi RUT, que divide y fracciona a los trabajadores, atomizando sindicatos o simplemente impidiendo su existencia. Por contraste, en los países más igualitarios en el mundo (Bélgica, Dinamarca, Finlandia), los trabajadores tienen derecho a huelga sin reemplazo, y altas tasas de sindicalización.

Otra expresión de la desigualdad del modelo es que mantiene políticas tributarias regresivas. El mayor aporte a los ingresos fiscales es generado por el Impuesto al Valor Agregado (19% IVA), que grava el consumo de las personas. El efecto social de este impuesto es que los más pobres aportan más, ya que se consumen el 100% en bienes y servicios para su sobrevivencia. Los más ricos en Chile no gastan el 100% de sus ingresos y sobre la renta de su capital hasta el día de hoy solo pagan el 12%. Estructuralmente, el Estado cobra impuestos para la redistribución de ingresos, pero los cobra desigualmente. Los pobres, lo dueños del factor trabajo, pagan más impuestos que los dueños del capital.

La encrucijada del Chile actual no es sólo pensar en una gran reforma educacional, que ayudaría a terminar con las desigualdades de origen, sino también una reforma tributaria y una reforma laboral, que apunten a terminar con la relación inequitativa capital/trabajo. Estas tres grandes reformas deben tener un sustento jurídico/político que permita dar sustentabilidad a políticas destinadas a terminar con la desigualdad. Eso es cambiar las bases políticas, jurídicas, económicas, sociales y culturales, que sólo es posible con una nueva Constitución de la República. Chile requiere un nuevo orden constitucional que permita sentar las bases para iniciar el termino de la desigualdad social – económica, política y cultural que hoy tanto nos aqueja.

Pablo Monje-Reyes.

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Proyecto de acuerdo del Senado en relación con la situación de Derechos Humanos en Chile

Tengo el honor de comunicar a Vuestra Excelencia que el Senado, en sesión del día de hoy, a proposición de los Honorables Senadores señor Felipe Harboe Bascuñán, señora Carolina Goic Boroevic y señores Pedro Araya Guerrero, Alfonso De Urresti Longton, Alejandro Guillier Álvarez, Juan Pablo Letelier Morel, Carlos Montes Cisternas y Jorge Pizarro Soto, aprobó el siguiente proyecto de acuerdo, correspondiente al Boletín N° S 1.644-12:

“Considerando:

1. Que las graves violaciones a los derechos humanos que sufrieron miles de compatriotas durante el régimen de militar, en especial las padecidas por personas que fueron recluidas arbitraria e ilegalmente, torturadas y sometidas a trabajos forzados en el campo de concentración de la Isla Dawson, hace necesario reafirmar el compromiso del Estado chileno para resarcir los daños provocados a las víctimas por los vejámenes cometidos en Chile bajo el mencionado régimen;

2. Que el 10 de enero de 2008 ex prisioneros en la Isla Dawson durante el período comprendido entre los años 1973 y 1974 demandaron al Estado de Chile por daños y perjuicios, causa que obtuvo sentencia definitiva de primera instancia favorable para los demandantes con fecha 15 de enero de 2013, dictada por el 18° Juzgado Civil de Santiago;

3. Que el Consejo de Defensa del Estado, durante la administración del ex Presidente Sebastián Piñera, apeló del fallo indicado ante la Ilustrísima Corte de Apelaciones de Santiago, recurso que pronto será traído a la vista en el tribunal de alzada;

4. Que la mencionada sentencia acogió la acción indemnizatoria interpuesta, atendida la gravedad de las violaciones de los derechos humanos a que fueron sometidos los demandantes, lo que incluye el tiempo por el que estuvieron privados de libertad;

5. Que, asimismo, dichos vejámenes motivaron que las víctimas fueran reconocidas como tales por parte del Estado de Chile en el Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, y

6. Que cabe mencionar que la mayoría de los demandantes son adultos mayores, cuatro de los cuales ya fallecieron, quedando a la espera de una reparación eficaz que ayudara, en alguna medida, a mitigar el dolor y sufrimiento que padecieron producto de los horrores del régimen militar.

 El Senado acuerda:

                                               Solicitar a Su Excelencia la Presidenta de la República lo siguiente:

a) Que interceda ante el Consejo de Defensa del Estado respecto de la posibilidad de poner término, por vía de equivalentes jurisdiccionales, a los procesos judiciales en que sean actores ex prisioneros de la Isla Dawson y que se abstenga de alegar la prescripción extintiva de las respectivas acciones civiles.

b) Asimismo, que envíe un proyecto de ley reparatoria que contemple para estas personas una indemnización justa y adecuada, al tenor del artículo 14 de la Convención Internacional contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes.”.

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Diálogos Ciudadanos en Magallanes para elaborar el Plan Especial de Desarrollo de Zonas Extremas

Una concurrencia de alrededor de 550 personas, entre dirigentes sociales y ciudadanos,  dirigentes de los partidos políticos de la región, ex Intendentes, parlamentarios, Consejeros Regionales, concejales de las comunas de Punta Arenas, Laguna Blanca y San Gregorio y autoridades de gobierno regional y provincial, se reunieron desde las 15.00 horas de hoy sábado 26 de abril en el Instituto Superior de Comercio de Punta Arenas para desarrollar un amplio diálogo ciudadano, cuyo propósito era contribuir a la elaboración del Plan Especial de Desarrollo de Zonas Extremas.

Esta es una de las 50 Medidas para los primeros 100 días de Gobierno comprometidas por la Presidenta Bachelet.

Con un mensaje especial grabado por la Presidenta Michelle Bachelet desde el Palacio de La Moneda, se dio comienzo al Dialogo Ciudadano de Punta Arenas y la provincia de Magallanes.   Junto al Intendente Regional Jorge Flies, se encontraban la Gobernadora Provincial Paola Fernandez y el Alcalde de Punta Arenas Emilio Boccazzi, y estuvieron presentes también la senadora Carolina Goic, el senador Carlos Bianchi y el Diputado Juan Morano, así como todos los Seremis de la región.  Se destacó también la presencia de los exIntendentes Regionales Mario Maturana, Eugenia Mancilla, Jaime Jelincic y Arturo Storaker.

El Ministro de Transportes y Telecomunicaciones, Andrés Gomez, de visita en Magallanes, también se dirigió a los presentes con un saludo especial para la ocasión, poniendo énfasis en la importancia de la inversión pública en materia de transporte y telecomunicaciones como eje del desarrollo territorial y la conectividad en las regiones australes de Chile.

Participaron dirigentes de juntas de vecinos y uniones comunales, de clubes de adultos mayores, de sindicatos y gremios, dirigentes de organizaciones de derechos humanos, de centros de madres y comités de vivienda, representantes de la Asamblea Ciudadana de Magallanes, dirigentes de colegios profesionales como el Colegio de Profesores, académicos universitarios de la UMAG, consejeros regionales y concejales.

Hasta el día de hoy y durante todo el mes de abril en curso, se han efectuado similares ejercicios de Diálogos Ciudadanos en Puerto Natales, capital de Ultima Esperanza, Porvenir, capital de Tierra del Fuego, en Puerto Williams, capital de Cabo de Hornos y en todas las comunas rurales de la región de Magallanes (Laguna Blanca, San Gregorio, Rio Verde, Timaukel, Primavera y Torres del Paine), en un esfuerzo conjunto coordinado organizado por las respectivas Gobernaciones Provinciales junto a las Alcaldías y municipalidades, con la Intendencia Regional y sus unidades técnicas.

El encuentro en Punta Arenas se organizó en seis comisiones de trabajo, donde fueron escuchadas, analizadas y planteadas las principales demandas y propuestas para resolver problemas asociados a la conectividad, agenda social regional, agenda energética, desarrollo territorial, incentivos regionales y educación, ciencia y tecnología.  Entre las propuestas planteadas se habló de la creación de un Ministerio de la Familia, de un plan de conectividad digital via fibra optica que una a Magallanes con Chile directamente, de la eliminación de la Ficha de Protección Social para los adultos mayores, del mejoramiento de las viviendas sociales, de la descentralización de las decisiones en la región, entre otras iniciativas.

Cada comisión de trabajo fue coordinada por el respectivo SEREMI sectorial.  En la sesión de clausura, hacia las 19.00 horas intervinieron para informar de las conclusiones, los delegados de cada Comisión, el concejal de Laguna Blanca Omar Peña Torres y el Intendente Regional Jorge Flies, para concluir el encuentro.

A su vez, y en el mismo contexto del proceso de elaboración del Plan Especial de Desarrollo de Zonas Extremas, para el día 29 de abril se prepara la realización de un Seminario Académico sobre desarrollo territorial organizado por la Gobernación Provincial y la Universidad de Magallanes.

Manuel Luis Rodríguez U.

El documento de Doce Puntos de las izquierdas extra Nueva Mayoría

Presentamos el texto original del documento Doce Puntos firmado en Santiago el 24 de abril de 2014, por un amplio abanico de lideres sociales y políticos de distintas sensibilidades y orgánicas de las izquierdas extra Nueva Mayoría.

Doce-puntos

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Discurso de la Presidenta Michelle Bachelet en la ceremonia de firma del proyecto de ley de cambio del sistema binominal

DISCURSO DE S.E. LA PRESIDENTA DE LA REPÚBLICA, MICHELLE BACHELET,

AL FIRMAR PROYECTO LEY QUE SUSTITUYE SISTEMA ELECTORAL BINOMINAL

Santiago, 23 de Abril de 2014

Muy buenos días:

Hoy día nos reunimos para enviar un proyecto de ley fundamental para nuestra calidad democrática, y lo hacemos con la convicción de que es esencial hacer cambios que han tardado demasiado y que obstaculizan nuestra representatividad y nuestra inclusión democrática. Y es parte de un profundo compromiso que como Nueva Mayoría adquirimos con los chilenos y las chilenas, pero, por sobre todas las cosas, es un largo anhelo que se ha prolongado por más de dos décadas.

Digámoslo con todas sus letras, el sistema binominal es una espina clavada en el centro de nuestra democracia. Es un sistema que debe la vida a la dictadura y que se perpetúa a partir de la exclusión. Y no es así como queremos asegurar nuestra estabilidad política y social; no es así como queremos optar por el diálogo y el acuerdo.

Chile ha cambiado y nuestro Parlamento también debe ser expresión de esa nueva nación que hemos construido juntos, pero, sobre todo, nuestro Parlamento debe estar al servicio de una mejor democracia para nuestro futuro.

Y ello requiere que, como foro principal de la República, exprese en toda su variedad los anhelos y miradas de nuestros ciudadanos y de nuestras ciudadanas.

Es una tarea prioritaria, porque a pesar de las reformas fundamentales que se han hecho en las últimas dos décadas para tener una mejor democracia, eliminando, por ejemplo, los senadores designados, hay todavía una brecha importante entre el Congreso que tenemos y el que Chile necesita.

El sistema binominal no sólo debe ser cambiado por la herida que representa su origen, porque distorsiona y subrepresenta a las mayorías, porque condena a una nación al empate permanente. No sólo debe ser cambiado porque niega un principio básico de la democracia, de que la mayoría mande. El sistema binominal debe terminar, porque es hoy un obstáculo para la integración, el pluralismo y la representatividad plena de nuestra patria.

Tenemos la enorme tarea de restablecer la confianza con la ciudadanía y demostrar el valor de la participación y el sufragio.

Y eso exige, ante todo, avanzar en la igualdad de voto. No puede ser que los territorios más poblados elijan la misma cantidad de representantes que los sectores menos poblados. Y eso hace imprescindible el aumento de nuestros representantes, puesto que no es justo quitar parlamentarios a territorios con poca población.

Lo digo con fuerza: tener más representantes no es un triunfo para la burocracia, es un triunfo para el pueblo de Chile.

En 1973, Chile tenía una Cámara de 150 diputados y un Senado de 50, con un padrón muchísimo más reducido que el día de hoy.

Entonces, es tiempo de darle más peso a la representación de cada uno de nuestros territorios.

En concreto, ¿qué es lo que proponemos? Aumentar en 12 los escaños senatoriales y en 35 los de diputado.

En el caso del Senado, elegirá 50 senadores y cada región será una sola circunscripción.

Las regiones de Antofagasta, Atacama, Los Ríos, Aysén y Magallanes mantendrán el número actual de 2 senadores. Tarapacá elegirá 2 senadores, al igual que Arica y Parinacota, que pasa a elegir dos senadores, una deuda histórica que teníamos con la Región de Arica y Parinacota hace mucho tiempo. Las regiones de O’Higgins, Coquimbo y Los Lagos pasarán a elegir 3 senadores cada una, en lugar de los 2 actuales. Valparaíso, Maule, Biobío y Araucanía, que hoy eligen 4, elegirán 5. La Región Metropolitana, que hoy elige 4, elegirá 7.

Esto mantiene criterios de igualdad política territorial, pero corrige la subrepresentación que viven muchas regiones más pobladas.

La Cámara de Diputados elegirá 35 diputados adicionales, es decir, 155 en total. Los 60 distritos actuales se reordenarán en 28 nuevos distritos, cada uno de los cuales elegirá de 3 a 8 diputados, dependiendo de su población.

De los 35 nuevos escaños, 15 se asignarán a los distritos de la Región Metropolitana, 8 se distribuirán en las Regiones de Valparaíso y Biobío, 4 en las regiones extremas y los 8 restantes en las otras regiones del país.

¿Por qué estamos proponiendo que se reduzca el número de distritos y circunscripciones?

Porque esto nos permite que se elijan más escaños en cada uno de ellos. Eso significará que pueden ser parte del Parlamento sectores minoritarios pero importantes de la sociedad que deben estar representados, porque la democracia se completa y fortalece con su participación.

Porque queremos que los electores recuperen totalmente la decisión respecto de quiénes son sus parlamentarios y parlamentarias. Porque queremos que todas las formaciones políticas concursen con sus propios candidatos y las grandes competencias internas en los partidos y entre partidos se resuelvan de cara a la ciudadanía, en las mismas elecciones.

Con ello crecerá la competencia y nuestra ciudadanía podrá elegir entre más opciones.

Esto no es un tema de oferta y demanda, es una condición indispensable para motivar la participación electoral, que hoy tiene una alta tasa de abstención.

Quienes estamos en la política tenemos una importante responsabilidad para revertir la apatía y sembrar la confianza.

Pero, adicionalmente, este proyecto establece, por fin, una cuota de género, para que ningún partido presente más de un 60% de candidatos de un mismo sexo y asegurar que al menos el 40% de las candidaturas sean femeninas, por ahora. Adelante, quién sabe. Al menos los hombres pudieran tener un 40%. O sea, que sea 60 y 40.

Pero como no basta con un número, queremos que sea una realidad, los partidos que elijan más mujeres candidatas van a tener también un incentivo económico adicional por mujeres electas.

Porque, finalmente, de lo que se trata en este proyecto de ley, no es sólo de revertir una situación histórica que no nos gusta, como el sistema binominal, pero la esencia de esto es abrir espacio a nuevas voces, a nuevos actores de la política, porque hacer buena política desde la exclusión, no es lo que queremos. No queremos mantener las barreras de entrada al Parlamento, como las que hoy día existen.

Y hoy en Chile, la verdad es que no está en duda nuestra estabilidad, no tenemos temores de quiebres democráticos, pero sí sabemos que estamos ante un nuevo ciclo, y que ese nuevo ciclo exige diversidad e inclusión, y que la gobernabilidad y el desarrollo pleno de nuestra sociedad también dependen de dar a los nuevos liderazgos cauce político e institucional.

Yo quiero, amigas y amigos, convocar a nuestros parlamentarios, a los que han podido llegar hoy día acá y a los que también están hoy día en el Congreso- parlamentarios y parlamentarias- a debatir con altura de miras este proyecto, entendiendo que cerrar la puerta a la exclusión y la mala representación, es abrir un camino ancho a la buena política y a la representatividad. Y yo creo que tenemos una oportunidad histórica.

Se acaba de aprobar en el Congreso el voto de los chilenos en el exterior. Y éste ha sido un logro de todos los sectores.

Hemos avanzado con muchos de los parlamentarios en la eliminación del guarismo 120 de la Constitución Política. Y quiero reconocer las propuestas que se han presentado en el pasado, como la Comisión Boeninger, durante mi Gobierno anterior, o las recientes propuestas de los senadores Ignacio Walker y Carlos Larraín, entre tantos otros parlamentarios que van reconocidos en el mensaje de este proyecto de ley. Le damos un reconocimiento explícito a todos los parlamentarios, senadores y diputados, que han contribuido fuertemente en este tema.

Hoy es el momento de profundizar ese camino conjunto, que ha contado con la colaboración sincera de diversos sectores políticos. Es el momento de dejar atrás el sistema binominal, para dar al Congreso de Chile la mayor de sus fuerzas y legitimidades: la de una adecuada representación de nuestra patria soberana.

Confío en el fruto de esta convicción y ese trabajo.

Muchas gracias por estar aquí acompañándonos.

El principio de la proporcionalidad en el sistema electoral

El sistema electoral opuesto al binominal es el sistema proporcional, según el cual los votos de los electores se distribuyen proporcionalmente en el número representantes elegidos (distritos) según la población electoral de cada territorio.   En este sistema, a diferencia del binominal, se procura que cada voto ciudadano tenga el mismo valor electoral en cualquier lugar del territorio.

EL PRINCIPIO DE LA PROPORCIONALIDAD.

El proyecto de ley presentado por la Presidenta Bachelet al Congreso se basa en la aplicación del principio de la proporcionalidad, tanto a la hora de constituir los distritos electorales, como del numero de representantes a elegir por cada territorio.

En un sistema electoral, la proporcionalidad puede referirse al número de electores por representante elegido o al número de representantes que se eligen por territorio. Un sistema proporcional es una formula de asignación de cargos electivos en el que se atribuyen los mismos entre las candidaturas en juego, en proporción al número de sufragios obtenidos por cada una de ellas.

El sistema proporcional debe comprender alguna regla para el cómputo de los «restos» o votos que, excediendo del cociente electoral (que resulta de dividir el número de votos válidos por el de puestos a cubrir) o por no llegar a esa cifra, quedarían sin traducirse en representación política efectiva. Se emplean dos grandes métodos de cálculo: el método D’Hondt y el método Sainte-Lagüe.

Los objetivos del cambio del sistema binominal por uno proporcional son:

a) reducir la desigualdad en el voto de los electores, incrementando proporcionalmente el número de parlamentarios según la población electoral del cada distrito o región;

b) permitir la representación de todos los sectores políticos significativos, poniendo término a las exclusiones;

c) aumentar la competitividad e incertidumbre en el proceso electoral;

d) facilitar la expresión de mayorías y minorías en el Congreso Nacional; y

e) promover una mayor diversidad de representación en el Congreso, eliminando las barreras actuales de representación de género y de dirigentes sindicales, estableciendo una cuota de género para las candidaturas.

EL AUMENTO DEL NUMERO DE PARLAMENTARIOS ES PROPORCIONAL A LA POBLACION ELECTORAL.

El rechazo contra la política y la clase política es el argumento más fácil y frecuente, para justificar el rechazo a incrementar el número de parlamentarios en el Chile de hoy.   Es notable observar a parlamentarios elegidos por sufragio popular, alzar la voz contra la idea de aumentar el número de parlamentarios e intentando contribuir al desprestigio de la institución parlamentaria, presentándola como una carga presupuestaria.

Pero dicho argumento se enfrenta a una realidad histórica ineludible cuyas cifras son elocuentes: en 1973 con un total de 2.955.000 electores, había 50 Senadores y 150 Diputados.  Hoy en Chile el sistema electoral tiene habilitados 13.573.000 electores.

En síntesis, el debate público sobre el cambio de sistema electoral no debiera limitarse a elegir entre dos opciones rechazadas por la ciudadanía: el rechazo contra el binominal y el rechazo contra la clase política, sino girar alrededor de los beneficios y limitaciones que producirá el sistema electoral proporcional en la representación de los ciudadanos en el Congreso Nacional.

Manuel Luis Rodríguez U.

Proyecto de ley que reemplaza sistema electoral binominal y establece sistema electoral proporcional

Texto del proyecto de ley:

76-362 Mensaje Sistema Electoral Proporcional (23.04.2014)

El voto de los chilenos en el exterior

Les voy a hablar de un tema valórico.

Pero, a diferencia de los asuntos de sexo, matrimonio, divorcio o aborto que algunos conservadores consideran (los únicos temas) valóricos, voy a referirme al principio de la igualdad ante la ley y del sufragio universal como uno de los fundamentos de la democracia representativa.

Hoy, el Senado de la República ha dado su aprobación al proyecto que legisla sobre el modo como los chilenos en el exterior podrán sufragar en las elecciones presidenciales de aquí en adelante.  Hoy, en Chile y en todo el mundo, (casi) todos los chilenos somos iguales ante la ley: los chilenos y las chilenas podrán votar en cualquier lugar del mundo donde se encuentren, sin necesidad de aquellos ridículos obstáculos inventados por la derecha, para atrasar el ejercicio de un derecho inalienable de los ciudadanos en una democracia.

Los chilenos que viven fuera de Chile vienen reclamando el derecho a sufragio desde antes que terminara la dictadura.

La ciudadanía es una suma de derechos y deberes interrelacionados, y de valores cívicos que reclaman su eficacia de las instituciones: esta decisión del Congreso Nacional impulsada y alcanzada por el Gobierno de Michelle Bachelet con el concurso de la Nueva Mayoría y otros sectores políticos, a menos de 100 días de haber iniciado su mandato, es un logro para todos los ciudadanos, para toda la nación chilena.

Hoy martes 22 de abril, nuestra democracia (todavía imperfecta, incompleta, insuficiente y con una Constitución de origen espúreo), es un poco más democracia que el día de ayer.

Y esta fue una promesa y un compromiso en el Programa de la Presidenta Michelle Bachelet y que hace honor a la Nueva Mayoría que la acompaña y que hoy se cumple.  Queda pendiente aún así, extender el derecho a sufragio de los chilenos en el exterior a las elecciones parlamentarias, para que el principio de la igualdad ante la ley se haga completo e integral, tal como sucede en muchas democracias del mundo con las cuales intentamos compararnos.

Derecho a voto a los chilenos en el exterior: promesa cumplida.

Manuel Luis Rodríguez U.

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Chile, el golpe y los gringos – Gabriel García Marquez

A fines de 1969, tres generales del Pentágono cenaron con cuatro militares chilenos en una casa de los suburbios de Washington. El anfitrión era el entonces coronel Gerardo López<Angulo, agregado aéreo de la misión militar de Chile en los Estados Unidos, y los invitados chilenos eran sus colegas de las otras armas. La cena era en honor del Director de la escuela de Aviación de Chile, general Toro Mazote, quien había llegado el día anterior para una visita de estudio. Los siete militares comieron ensalada de frutas y asado de ternera con guisantes, bebieron los vinos de corazón tibio de la remota patria del sur donde había pájaros luminosos en las playas mientras Washington naufragaba en la nieve, y hablaron en inglés de l0 único que parecía interesar a los chilenos en aquellos tiempo: las elecciones presidenciales del próximo septiembre. A los postres, uno de los generales del Pentágono preguntó qué haría el ejército de Chile si el candidato de la izquierda Salvador Allende ganaba las elecciones. El general Toro Mazote contestó: “Nos tomaremos el palacio de la Moneda en media hora, aunque tengamos que incendiarlo”

Uno de los invitados era el general Ernesto Baeza, actual director de la Seguridad Nacional de Chile, que fue quien dirigió el asalto al palacio presidencial en el golpe reciente, y quien dio la orden de incendiarlo. Dos de sus subalternos de aquellos días se hicieron célebres en la misma jornada: el general Augusto Pinochet, presidente de la Junta Militar, y el general Javier Palacios, que participó en la refriega final contra Salvador Allende. También se encontraba en la mesa el general de brigada aérea Sergio Figueroa Gutiérrez, actual ministro de obras públicas, y amigo íntimo de otro miembro de la Junta Militar el general del aire Gustavo Leigh, que dio la orden de bombardear con cohetes el palacio presidencial. El último invitado era el actual almirante Arturo Troncoso, ahora gobernador naval de Valparaíso, que hizo la purga sangrienta de la oficialidad progresista de la marina de guerra, e inició el alzamiento militar en la madrugada del once de septiembre.

Aquella cena histórica fue el primer contacto del Pentágono con oficiales de las cuatro armas chilenas. En otras reuniones sucesivas, tanto en Washington como en Santiago, se llegó al acuerdo final de que los militares chilenos más adictos al alma y a los intereses de los Estados Unidos se tomarían el poder en caso de que la Unidad Popular ganara las elecciones. Lo planearon en frío, como una simple operación de guerra, y sin tomar en cuenta las condiciones reales de Chile.

El plan estaba elaborado desde antes, y no sólo como consecuencia de las presiones de la International Telegraph & Telephone (I.T.T), sino por razones mucho más profundas de política mundial. Su nombre era “Contingency Plan”. El organismo que la puso en marcha fue la Defense Intelligence Agency del Pentágono, pero la encargada de su ejecución fue la Naval Intelligency Agency, que centralizó y procesó los datos de las otras agencias, inclusive la CIA, bajo la dirección política superior del Consejo Nacional de Seguridad. Era normal que el proyecto se encomendara a la marina, y no al ejército, porque el golpe de Chile debía coincidir con la Operación Unitas, que son las maniobras conjuntas de unidades norteamericanas y chilenas en el Pacífico. Estas maniobras se llevaban a cabo en septiembre, el mismo mes de las elecciones y resultaba natural que hubiera en la tierra y en el cielo chilenos toda clase de aparatos de guerra y de hombres adiestrados en las artes y las ciencias de la muerte.

Por esa época, Henry Kissinger dijo en privado a un grupo de chilenos: “No me interesa ni sé nada del Sur del Mundo, desde los Pirineos hacia abajo. El Contingency Plan estaba entonces terminado hasta su último detalle, y es imposible pensar que Kissinger no estuviera al corriente de eso, y que no lo estuviera el propio presidente Nixon.

Chile es un país angosto, con 4.270 kilómetros de largo y 190 de ancho, y con 10 millones de habitantes efusivos, dos de los cuales viven en Santiago, la capital. La grandeza del país no se funda en la cantidad de sus virtudes, sino el tamaño de sus excepciones. Lo único que produce con absoluta seriedad es mineral de cobre, pero es el mejor del mundo, y su volumen de producción es apenas inferior al de Estados Unidos y la Unión Soviética. También produce vinos tan buenos como los europeos, pero exportan poco porque casi todos se los beben los chilenos. Su ingreso per cápita, 600 dólares, es de los más elevados de América Latina, pero casi la mitad del producto nacional bruto se lo reparten solamente 300.000 personas. En 1932, Chile fue la primera república socialista del continente, y se intentó la nacionalización del cobre y el carbón con el apoyo entusiasta de los trabajadores, pero la experiencia sólo duró 13 días. Tiene un promedio de un temblor de tierra cada dos días y un terremoto devastador cada tres años. Los geólogos menos apocalípticos consideran que Chile no es un país de tierra firme sino una cornisa de los Andes en una océano de brumas, y que todo el territorio nacional, con sus praderas de salitre y sus mujeres tiernas, está condenado a desaparecer en un cataclismo.

Los chilenos, en cierto modo, se parecen mucho al país. Son la gente más simpática del continente, les gusta estar vivos y saben estarlo lo mejor posible, y hasta un poco más, pero tienen una peligrosa tendencia al escepticismo y a la especulación intelectual. “Ningún chileno cree que mañana es martes”, me dijo alguna vez otro chileno, y tampoco él lo creía. Sin embargo, aún con esa incredulidad de fondo, o tal vez gracias a ella, los chilenos han conseguido un grado de civilización natural, una madurez política y un nivel de cultura que son sus mejores excepciones. De tres premios Nobel de literatura que ha obtenido América Latina, dos fueron chilenos. Uno de ellos, Pablo Neruda, era el poeta más grande de este siglo.

Todo esto debía saberlo Kissinger cuando contestó que no sabía nada del sur del mundo, porque el gobierno de los Estados Unidos conocía entonces hasta los pensamientos más recónditos de los chilenos. Los había averiguado en 1965, sin permiso de Chile, en una inconcebible operación de espionaje social y político: el Plan Camelot. Fue una investigación subrepticia mediante cuestionarios muy precisos, sometidos a todos los niveles sociales, a todas las profesiones y oficios, hasta en los últimos rincones del país, para establecer de un modo científico el grado de desarrollo político y las tendencias sociales de los chilenos. En el cuestionario que se destinó a los cuarteles, figuraba la pregunta que cinco años después volvieron a oír los militares chilenos en la cena de Washington: “¿Cuál será la actitud en caso de que el comunismo llegue al poder? – La pregunta era capciosa. Después de la operación Camelot, los Estados Unidos sabían a cierta que Salvador Allende sería elegido presidente de la república.

Chile no fue escogido por casualidad para este escrutinio. La antigüedad y la fuerza de su movimiento popular, la tenacidad y la inteligencia de sus dirigentes, y las propias condiciones económicas y sociales del país permitían vislumbrar su destino. El análisis de la operación Camelot lo confirmó: Chile iba a ser la segunda república socialista del continente después de Cuba. De modo que el propósito de los Estados Unidos no era simplemente impedir el gobierno de Salvador Allende para preservar las inversiones norteamericanas. El propósito grande era repetir la experiencia más atroz y fructífera que ha hecho jamás el imperialismo en América Latina: Brasil.

El 4 de septiembre de 1970, como estaba previsto, el médico socialista y masón Salvador Allende fue elegido presidente de la república. Sin embargo, el Contingency Plan no se puso en práctica. La explicación más corrientes es también la más divertida: alguien se equivocó en el Pentágono, y solicitó 200 visas para un supuesto orfeón naval que en realidad estaba compuesto por especialistas en derrocar gobiernos, y entre ellos varios almirantes que ni siquiera sabían cantar. El gobierno chileno descubrió la maniobra y negó las visas. Este percance, se supone, determinó el aplazamiento de la aventura. Pero la verdad es que el proyecto había sido evaluado a fondo: otras agencias norteamericanas, en especial la CIA y el propio embajador de los Estados Unidos en Chile, Edward Korry, consideraron que el Contingency Plan era sólo una operación militar que no tomaba en cuenta las condiciones actuales de Chile.

En efecto, el triunfo de la Unidad Popular no ocasionó el pánico social que esperaba el Pentágono. Al contrario, la independencia del nuevo gobierno en política internacional, y su decisión en materia económica, crearon de inmediato un ambiente de fiesta social. En el curso del primer año se habían nacionalizado 47 empresas industriales, y más de la mitad del sistema de créditos. La reforma agraria expropió e incorporó a la propiedad social 2.400.000 hectáreas de tierras activas. El proceso inflacionario se moderó: se consiguió el pleno empleo y los salarios tuvieron un aumento efectivo de un 40 por ciento.

El gobierno anterior, presidido por el demócrata cristiano Eduardo Frei, había iniciado un proceso de chilenización del cobre. Lo único que hizo fue comprar el 51 por ciento de las minas, y sólo por la mina de El Teniente pagó una suma superior al precio total de la empresa. La Unidad Popular recuperó para la nación con un solo acto legal todos los yacimientos de cobre explotados por las filiales de compañías norteamericanas, la Anaconda y la Kennecott. Sin indemnización: el gobierno calculaba que las dos compañías habían hecho en 15 años una ganancia excesiva de 80.000 millones de dólares.

La pequeña burguesía y los estratos sociales intermedios, dos grandes fuerzas que hubieran podido respaldar un golpe militar en aquél momento, empezaban a disfrutar de ventajas imprevistas, y no a expensas del proletariado, como había ocurrido siempre, sino a expensas de la oligarquía financiera y el capital extranjero. Las fuerzas armadas, como grupo social, tienen la misma edad, el mismo origen y las mismas ambiciones de la clase media y no tenían motivo, ni siquiera una coartada, para respaldar a un grupo exiguo de oficiales golpistas. Consciente de esa realidad, la Democracia Cristiana no solo no patrocinó entonces la conspiración de cuartel, sino que se opuso resueltamente porque la sabía impopular dentro de su propia clientela.

Su objetivo era otro: perjudicar por cualquier medio la buena salud del gobierno para ganarse las dos terceras partes del Congreso en las elecciones de marzo de 1973. Con esa proporción podía decidir la destitución constitucional del presidente de la república.

La Democracia Cristiana era una grande formación inter-clasista, con una base popular auténtica en el proletariado de la industria moderna, en la pequeña y media industria moderna, en la pequeña y media propiedad campesina, y en la burguesía y la clase media de las ciudades. La Unidad Popular expresaba al proletariado obrero menos favorecido, al proletariado agrícola, a la baja clase media de las ciudades.

La Democracia Cristiana, aliada con el Partido Nacional de extrema derecha, controlaba el Congreso. La Unidad Popular controlaba el poder ejecutivo. La polarización de esas dos fuerzas iba a ser, de hecho, la polarización del país. Curiosamente, el católico Eduardo Frei, que no cree en el marxismo, fue quien aprovechó mejor la lucha de clases, quien la estimuló y exacerbó; con el propósito de sacar de quicio al gobierno y precipitar al país por la pendiente de la desmoralización y el desastre económico.

El bloqueo económico de los Estados Unidos por la expropiaciones sin indemnización y el sabotaje interno de la burguesía hicieron el resto. En Chile se produce todo, desde automóviles hasta pasta dentífrica, pero la industria tiene una identidad falsa: en las 160 empresas más importantes, el 60 por ciento era capital extranjero, y el 80 por ciento de sus elementos básicos importados. Además, el país necesitaba 300 millones de dólares anuales para importar artículos de consumo, y otros 450 millones para pagar los servicios de la deuda externa. Los créditos de los países socialistas no remediaban la carencia fundamental de repuestos, pues toda industria chilena, la agricultura y el transporte, estaban sustentados por equipo norteamericano. La Unión Soviética tuvo que comprar trigo de Australia para mandarlo a Chile, porque ella misma no tenía y a través del Banco de la Europa del Norte, de París, le hizo varios empréstitos sustanciosos en dólares efectivos. Cuba, en un gesto que fue más ejemplar que decisivo, mandó un barco cargado de azúcar regalada. Pero las urgencias de Chile eran descomunales. Las alegres señoras de la burguesía, con el pretexto del racionamiento y de las pretensiones excesivas de los pobres, salieron a la plaza pública haciendo sonar sus cacerolas vacías. No era casual, sino al contrario, muy significativo, que aquel espectáculo callejero de zorros plateados y sombreros de flores ocurriera la misma tarde que Fidel Castro terminaba una visita de treinta días que había sido un terremoto de agitación social.

LA ÚLTIMA CUECA FELIZ DE SALVADOR ALLENDE

El Presidente Salvador Allende comprendió entonces, y lo dijo, que el pueblo tenía el gobierno pero no tenía el poder. La frase más alarmante, porque Allende llevaba dentro una almendra legalista que era el germen de su propia destrucción: un hombre que peleó hasta la muerte en defensa de la legalidad, hubiera sido capaz de salir por la puerta mayor de la Moneda, con la frente en alto, si lo hubiera destituido el congreso dentro del marco de la constitución.

La periodista y política Rossana Rossanda, que visitó a Allende por aquella época, lo encontró envejecido, tenso y lleno de premoniciones lúgubres, en el diván de cretona amarilla donde había de reposar el cadáver acribillado y con la cara destrozada por un culatazo de fusil. Hasta los sectores más comprensivos de la Democracia Cristiana estaban entonces contra él. “¿Inclusive Tomic?” – le preguntó Rossana. -”Todos”, contestó, Allende.

En vísperas de las elecciones de marzo de 1973, en las cuales se jugaba su destino, se hubiera conformado con que la Unidad Popular obtuviera el 36 por ciento. Sin embargo, a pesar de la inflación desbocada, del racionamiento feroz, del concierto de olla de las cacerolinas alborotadas, obtuvo el 44 por ciento. Era una victoria tan espectacular y decisiva, que cuando Allende se quedó en el despacho, sin más testigos que su amigo y confidente, Augusto Olivares, hizo cerrar la puerta y bailó solo una cueca.

Para la Democracia Cristiana, aquella era la prueba de que el proceso democrático promovido por la Unidad Popular no podía ser contrariado con recursos legales, pero careció de visión para medir las consecuencias de su aventura: es un caso imperdonable de irresponsabilidad histórica. Para los Estados Unidos era una advertencia mucho más importante que los intereses de las empresas expropiadas; era un precedente inadmisible en el progreso pacífico de los pueblos del mundo, pero en especial para los de Francia e Italia, cuyas condiciones actuales hacen posible la tentativa de experiencias semejantes a las de Chile: Todas las fuerzas de la reacción interna y externa se concentraron en un bloque compacto.

En cambio los Partidos de la Unidad Popular cuyas grietas internas era mucho más profundas de lo que se admite, no lograron ponerse de acuerdo con el análisis de la votación de marzo. El gobierno se encontró sin recursos, reclamado desde un extremo por los partidarios de aprovechar la evidente radicalización de las masas para dar un salto decisivo en el cambio social, y los más moderados que temían al espectro de la guerra civil y confiaban en llegar a un acuerdo regresivo con la Democracia Cristiana. Ahora se ve con mucha claridad que esos contactos, por parte de la oposición no eran más que un recurso de distracción para ganar tiempo.

LA CIA Y EL PARO PATRONAL

La huelga de camioneros fue el detonante final. Por su geografía fragorosa, la economía chilena está a merced de su transporte rodado. Paralizarlo es paralizar el país. Para la oposición era muy fácil hacerlo, porque el gremio del transporte era de los más afectados por la escasez de repuestos, y se encontraba además amenazado por la disposición del gobierno de nacionalizar el transporte con equipos soviéticos. El paro se sostuvo hasta el final, sin un solo instante de desaliento, porque estaba financiado desde el exterior con dinero efectivo. La CIA inundó de dólares el país para apoyar el Paro Patronal, y esa divisa bajó en la bolsa negra, escribió Pablo Neruda a un amigo en Europa. Una semana antes del golpe se había acabado el aceite, la leche y el pan.

En los últimos días de la Unidad Popular, con la economía desquiciada y el país al borde de la guerra civil, las maniobras del gobierno y de la oposición se centraron en la esperanza de modificar, cada quien a su favor, el equilibrio de fuerzas dentro del ejército. La jugada final fue perfecta: cuarenta y ocho horas antes del golpe, la oposición había logrado descalificar a los mandos superiores que respaldaban a Salvador Allende, y habían ascendido en su lugar, uno por uno, en una serie de enroques y gambitos magistrales a todos los oficiales que habían asistido a la cena de Washington.

Sin embargo, en aquel momento el ajedrez político había escapado a la voluntad de sus protagonistas. Arrastrados por una dialéctica irreversible, ellos mismos terminaron convertidos en ficha de un ajedrez mayor, mucho más complejo y políticamente mucho más importante que una confabulación consciente entre el imperialismo y la reacción contra el gobierno del pueblo. Era una terrible confrontación de clases que la habían provocado, una encarnizada rebatiña de intereses contrapuestos cuya culminación final tenía que ser un cataclismo social sin precedentes en la historia de América.

EL EJÉRCITO MÁS SANGUINARIO DEL MUNDO

Un golpe militar, dentro de las condiciones chilenas, no podía ser incruento. Allende lo sabía. No se juega con fuego, le había dicho a la periodista italiana Rossana Rossanda. Si alguien cree que en Chile un golpe militar será como en otros países de América, como un simple cambio de guardia en la Moneda, se equivoca de plano. Aquí, si el ejército se sale de la legalidad. habrá un baño de sangre. Será Indonesia. Esa certidumbre tenía un fundamento histórico.

Las fuerzas armadas de Chile, el contrario de lo que se nos ha hecho creer, han intervenido en la política cada vez que se han visto amenazados sus intereses de clase y lo han hecho con un tremenda ferocidad represiva. Las dos constituciones que ha tenido el país en un siglo fueron impuestas por las armas y el reciente golpe militar era la sexta tentativa de los últimos cincuenta años.

El ímpetu sangriento del ejército chileno le viene de su nacimiento, en la terrible escuela de la guerra cuerpo a cuerpo contra los araucanos, que duró 300 años. Uno de los precursores se vanagloriaba, en 1620, de haber matado con su propia mano, en una sola acción, a más de 2.000 personas. Joaquín Edwards Bello cuenta en sus crónicas que durante una epidemia de tifo exantemático, el ejército sacaba a los enfermos de sus casas y los mataba con un baño de veneno para acabar con la peste. Durante una guerra civil de siete meses en 1891, hubo 10.000 muertos en una sola batalla. Los peruanos aseguran que durante la ocupación de Lima, en la guerra del Pacífico, los militares chilenos saquearon la biblioteca de don Ricardo Palma, pero que no usaban los libros para leerlos, sino para limpiarse el trasero.

Con mayor brutalidad han sido reprimidos los movimientos populares. Después del terremoto de Valparaíso, en 1906, las fuerzas navales liquidaron la organización de los trabajadores portuarios con una masacre de 8.000 obreros. En Iquique, a principios del siglo, una manifestación de huelguistas se refugió en la teatro municipal, huyendo de la tropa y fue ametrallada: hubo 2.000 muertos. El 2 de abril de 1957 el ejército reprimió una asonada civil en el centro de Santiago causando un número de víctimas que nunca se pudo establecer, porque el gobierno escamoteó los cuerpos en entierros clandestinos. Durante una huelga en la mina de El Salvador, bajo el gobierno de Eduardo Frei, una patrulla militar dispersó a bala una manifestación y mató a seis personas, entre ellas varios niños y una mujer encinta. El comandante de la plaza era un oscuro general de 52 años, padre de cinco niños, profesor de geografía y autor de varios libros sobre asuntos militares: Augusto Pinochet.

El mito del legalismo y la mansedumbre de aquel ejército carnicero había sido inventado en interés propio de la burguesía chilena. La Unidad Popular lo mantuvo con la esperanza de cambiar a su favor la composición de clase de los cuadros superiores. Pero Salvador Allende se sentía más seguro entre los carabineros, un cuerpo armado de origen popular y campesino que estaba bajo el mando directo del presidente de la república. En efecto, sólo los oficiales más antiguos de los Carabineros secundaron el golpe. Los oficiales jóvenes se atrincheraron en la escuela de Sub-oficiales de Santiago y resistieron durante cuatro día, hasta que fueron aniquilados desde el aire con bombas de guerra.

Esa fue la batalla más conocida de la contienda secreta que se libró en el interior de los cuarteles la víspera del golpe. Los golpistas asesinaron a los oficiales que se negaron a secundarlos y a los que no cumplieron las órdenes de represión. Hubo sublevaciones de regimientos enteros, tanto en Santiago como en la provincia que fueron reprimidas sin clemencia y sus promotores fueron fusilados para escarmiento de la tropa. El comandante de los coraceros de Viña del Mar, coronel Cantuarias, fue ametrallado por sus subalternos. El gobierno actual ha hecho creer que muchos de esos soldados leales fueron víctimas de la resistencia popular. Pasará tiempo antes de que se conozcan las proporciones reales de esa carnicería interna, porque los cadáveres eran sacados de los cuarteles en camiones de basura y sepultados en secreto. En definitiva, sólo medio centenar de oficiales de confianza, al frente de tropas depuradas de antemano, se hicieron cargo de la represión.

Numerosos agentes extranjeros tomaron parte en el drama. El bombardeo del palacio de la Moneda, cuya precisión técnica asombró a los expertos, fue hecho por un grupo de acróbatas aéreos norteamericanos que habían entrado con la pantalla de la operación Unitas, para ofrecer un espectáculos de circo volador el próximo 18 de septiembre, día de la independencia nacional. Numerosos policías secretos de los gobiernos vecinos, infiltrados por la frontera de Bolivia, permanecieron escondidos hasta el día del golpe y desataron una persecución encarnizada contra unos 7.000 refugiados políticos de otros países de América Latina.

Brasil, patria de los gorilas mayores, se había encargado de ese servicio. Había promovido , dos años antes, el golpe reaccionario en Bolivia que quitó a Chile un respaldo sustancial y facilitó la infiltración de toda clase de recursos para la subversión. Algunos de los empréstitos que han hecho los Estados Unidos al Brasil han sido transferidos en secreto a Bolivia para financiar la subversión en Chile. En 1972, el general William Westmoreland hizo un viaje secreto a La Paz, cuya finalidad no se ha revelado. No parece casual, sin embargo, que poco después de aquella visita sigilosa, se iniciaran movimientos de tropa y material de guerra en la frontera con Chile y esto dio a los militares chilenos una oportunidad más de afianzar su posición interna y de hacer desplazamientos de personal y promociones jerárquicas favorables al golpe inminente.

Por fin, el 11 de septiembre, mientras se adelantaba la operación Unitas, se llevó a cabo el plan original de la cena de Washington, con tres años de retraso, pero tal como se había concebido: no como un golpe de cuartel convencional, sino como una devastadora operación de guerra.

Tenía que ser así, porque no se trataba de tumbar a un gobierno, sino de implantar la tenebrosa simiente del Brasil, con sus terribles máquinas de terror, de tortura y de muerte, hasta que no quedara en Chile ningún rastro de las condiciones políticas y sociales que hicieron posible la Unidad Popular. Cuatro meses después del golpe, el balance era atroz: casi 20.000 personas asesinadas; 30.000 prisioneros políticos sometidos a torturas salvajes, 25.000 estudiantes expulsados y más 200.000 obreros licenciados. La etapa más dura, sin embargo; aún no había terminado.

LA VERDADERA MUERTE DE UN PRESIDENTE

A la hora de la batalla fina, con el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado a la legalidad. La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno sino desde el poder.

Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en le refugio de un presidente sin poder. Resistió durante seis horas, con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás. El periodista Augusto Olivares, que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la Asistencia Pública.

Hacia las cuatro de la tarde, el general de división Javier Palacios logró llegar al segundo piso, con su ayudante, el capitán Gallardo y un grupo de oficiales. Allí, entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de dragones chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando, estaba en mangas de camisa, sin corbata, y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano.

Allende conocía bien al general Palacios. Pocos días antes, le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los Estados Unidos. Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: “Traidor” y lo hirió en una mano.

Allende murió en un intercambio de disparos con esta patrulla. Luego, todos los oficiales, en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último, un suboficial le destrozó la cara con la culata del fusil. La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que a la señora Hortensia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.

Había cumplido 64 años en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible. Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros y era de una galantería un poco a la antigua, con esquelas perfumadas y encuentros furtivos. Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que los había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro. El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo y que se quedó en nuestras vidas para siempre.

Gabriel García Márquez, 2003

Los bandidos de ayer serán los héroes de mañana

Para escribir este post, no olvido que un amigo me calificó hace algun tiempo como “joven antiguo”…

En el ambiente espeso del descrédito de los “señores políticos” y de la Política tout-court, disparar a la bandada y sin asco contra los políticos resultan ser tan gratuito y fácil, como orinar en un árbol callejero al amparo de la oscuridad de la noche.    Y una de las fórmulas más eficaces para desacreditar aún más a la “clase política” (como si ya no se desacreditara sola por sus errores y omisiones), consiste en esgrimir el falso dilema de los viejos contra los jóvenes, oponer a los de ahora con los de antes,  contraponer a las generaciones anteriores con las nuevas generaciones, mostrando a los “viejos tercios” como adalides  de la honradez, de la probidad y del servicio público (que los había y muchos) y mostrando a los nuevos jóvenes en política como tiburones voraces y pirañas encarnizadas por el poder.

Ni lo uno ni lo otro: ni los viejos de la vieja política eran todos “santas palomas” ni los jóvenes de ahora son todos “demonios chascones”.

Cada generación hace la Política que quiere y que puede y compararlas es inoficioso, porque el tiempo histórico gira y cambia.

El viejo (y siempre rejuvenecido) discurso contra los políticos olvida que cuando Salvador Allende, Eduardo Frei Montalva, Pedro Aguirre Cerda, José Manuel Balmaceda o Arturo Alessandri comenzaban en las lides políticas, eran tratados por los viejos  políticos de “aparecidos”, “ladrones” y/o “mentirosos”, hasta que se volvieron respetables adultos y ancianos sabios.  Durante años al joven diputado socialista Salvador Allende le reprochaban la elegancia de su vestimenta, al igual que hoy pierden su tiempo algunos diputados, en criticar la ropa de un joven diputado.

La vieja retórica que contrapone jovenes y viejos, antiguos y modernos, liberales y conservadores, nos viene incluso desde los turbulentos años de la Independencia, cuando algunos muchachones precoces, lúcidos, insolentes y audaces como José Miguel Carrera o Manuel Rodríguez Erdoiza eran tratados de delincuentes y de terroristas por la vieja generación colonial (criolla y española) y se les prefería mandar a fusilar (no importa si fuera de frente o por la espalda), con tal de sacarlos del camino…de la Política.

En Chile hoy SI hay partidos políticos en los que se forman sucesivas nuevas generaciones de jóvenes, de militantes que se comprometen en la actividad pública, porque quieren aportar, quieren empujar las nuevaas ideas, y que se preparan, que quieren hacer Política y hacen experiencia en los centros de alumnos, en los centros juveniles de barrios, en los comités de vivienda, en los barrios y poblaciones, en los grupos musicales y artísticos, en las federaciones universitarias, en los sindicatos, en las barricadas callejeras y en la labor solidaria espontánea, a pesar que hayan viejos que los miran con recelo y los tratan con desden.

No hay necesidad de repetir aquí, que en este juego interminable de generaciones, hay jóvenes viejos  y viejos jóvenes.

Y esas nuevas generaciones de jóvenes en Política están llegando al Congreso, a los consejos regionales y a los concejos municipales, elegidos por el voto popular después de hacer su experiencia en las asambleas estudiantiles y en la calle.

Los bandidos de ayer serán los héroes de mañana.

Manuel Luis Rodríguez U.

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Refundaciones – Escribe Ramón Arriagada

Tengo la idea, a mis años, que los recambios generacionales siempre están destinados – en política- a considerar a los viejos como interlocutores poco gratos. Sobre todo en estos días de eufemismos del bloque gobernante, cuando sus ideólogos más connotados, se niegan a reconocer que estarían iniciando un quinto gobierno de la Concertación, sino el primero de una Nueva Mayoría.

No habiendo un fundamento ideológico reconocible, resulta una exageración hablar de “refundación”. En concordancia con ello, hay una idolatría por generar una renovación de rostros gobernantes y del mundo político. Las encuestas han sido interpretadas así: el votante quiere una nueva generación de políticos en Chile. En tanto, el sentido común dice, que lo que los ciudadanos quieren son políticos más cercanos a sus problemas, menos dados a hacer política por plata y dispuestos a no vivir en vano por sus ideas.

Con partidos políticos sin existencia orgánica, estando el oficio de político siendo blanco de constantes críticas. Resulta difícil entender, como los partidos van generando su renovación de dirigentes y formando sus “divisiones inferiores”, para reemplazar a los que desertan en el repliegue forzado de la vieja guardia. Dicha regeneración, entonces, no existe en función del mérito ideológico y fidelidad a la causa, sino de la cercanía a un caciquismo político de poca monta, de mucha transpiración y poca inspiración.

Por ello me conmovió el reportaje de “El Magallanes” a los viejos socialistas magallánicos. Hay en la crónica un logro destacable al transmitirnos el estado de ánimo del grupo. Es evidente que un sentimiento de triste dignidad invade su alma colectiva. A ellos, les habría gustado haber sido homenajeados por los jóvenes del Partido, pero ellos no existen. En Magallanes no tienen representación parlamentaria y su participación es escuálida en las otras instancias de elección popular. Muchos se consideran los jóvenes del 73, herederos de “Los Camisas de Acero” de Allende, Schnacke y Barreto. Generación perdida que no le sirve a la Presidenta Bachelet para la anunciada “refundación”.

En tanto, a nivel central, la vieja guardia, quienes planchaban sus ternos y corbatas han sucumbido a sus pretensiones de ser invitados al corso del Primer Gobierno de la Nueva Mayoría; han debido sufrir el rito de un “funeral vikingo”(La Tercera 12.04), para alejarlos de sus círculos de poder. Ricardo Núñez, Jaime Gazmuri, Patricio Hales, Juan Gabriel Valdés, José Goñi y Ricardo Navarrete entre otros, sólo calificaron para partir a somnolientas Embajadas. Es que al llegar a viejos- al menos en política- la experiencia pasa a ser la suma de nuestros desengaños.

RAMON ARRIAGADA

RAMONARRIAGADA

Pobreza, precariedad y televisión

Los terremotos, los incendios, los tsunamis, los desbordes y los aluviones, tienen la dramática virtud de develar la verdadera realidad social en el Chile real, el Chile verdadero que no logra reflejarse en ninguna estadística.  La televisión, medio de comunicación masivo por excelencia, pone en pantalla la brutalidad de los daños, del sufrimiento de los afectados, y deja a la vista, incluso a la vista morbosa del espectador no bien informado, la cruda verdad de la realidad de la pobreza y de la precariedad.

Tenemos derecho a indignarnos, al mismo tiempo que la solidaridad espontánea de los jóvenes y de los voluntarios que se movilizan para ayudar a los siniestrados, mientras las grandes cadenas de farmacias y de supermercados, son incapaces de mover un dedo solidario mientras se queman las casas de SUS clientes de los cerros de Valparaíso.   En el Chile real, el pueblo ayuda al pueblo.

De acuerdo a su bien construida imagen internacional, Chile es un país ubicado dentro de la OCDE, es decir, es un país cuyos estándares de desarrollo y cifras macroeconómicas (macro-utilidades y macro-beneficios de las grandes empresas del cobre, de la pesca, de la energía, de las AFP y las ISAPRES…) no permiten conocer la profundidad de las desigualdades y la vergonzante precariedad en la que viven decenas de miles de familias y de personas pobres.

Este es el verdadero capitalismo…!

En Chile, ya lo volvemos a comprobar, la televisión puede mostrar crudamente (y respetando la dignidad de las personas) la verdadera pobreza que subyace detrás de las fachadas de las casas, y no solo endulzarnos la existencia con unos cuantos realitys copiados y otros tantos culebrones adormecedores.

Manuel Luis Rodríguez U.

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La propuesta de la Central Unitaria de Trabajadores en materia de Reforma Tributaria

Presentamos la propuesta oficial de la CUT, Central Unitaria de Trabajadores sobre la Reforma Tributaria actualmente en trámite legislativo en el Congreso.

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El (falso) dilema entre tecnocratismo y la participación ciudadana

Los dos riesgos más frecuentes que corren los gobiernos y los Estados en las sociedades emergentes al desarrollo son el populismo, alimentado por la abundante provisión de recursos fiscales y presupuestarios y el deseo irrefrenable de satisfacer las encuestas y el voto popular, y el tecnocratismo, siempre disfrazado bajo la doctrina del ¨gobierno de los mejores¨ y de la falacia que los técnicos y profesionales saben mejor qué es lo que necesitan los ciudadanos.

Entre ambos extremos del dilema, se inscribe la noción del modelo de lo público, de la participación ciudadana y de la gestión pública basada en criterios político-técnicos.   Según esta visión contemporánea del ejercicio del poder y la autoridad, los técnicos y los políticos, los criterios técnicos y los criterios políticos no se superponen unos a otros, no se desconocen mutuamente, no se contraponen en la toma de decisiones, sino que, por el contrario, construyen en común un estilo de gobierno y de proceso de toma de decisiones, en el que quienes adoptan las decisiones consideran todos los elementos técnicos específicos del problema a resolver, pero conocen y reconocen también las implicancias y los efectos sociales y políticos de las decisiones tomadas.

Los criterios técnicos aseguran la sustentabilidad presupuestaria, la pertinencia y la eficiencia de los proyectos, programas y políticas públicas, pero los criterios políticos (con frecuencia despreciados y dejados de lado) aseguran la legitimidad y la sustentabilidad social de las políticas y decisiones.   Y el nexo que asegura que los criterios políticos se combinen adecuada y oportunamente con los criterios técnicos es el ejercicio constante, dinámico, abierto, transparente e inclusivo de la participación de los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones de la política pública.

La clave del problema es entender que la participación ciudadana no opera ex-ante o ex-post de la política pública sino a lo largo de todo el proceso de decisión de la política pública.

Luego la participación ciudadana, entendida como la consulta e intervención de los ciudadanos en todo el proceso de toma de decisiones de la política pública (diseño, elaboración, implementación, evaluación), no es una contraparte de las decisiones técnicas, sino que ambas son consustanciales al ejercicio de la autoridad en una democracia que se precia de moderna.

Manuel Luis Rodríguez U.

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