Allamand y su “diplomacia armada” con Bolivia

Siempre decimos que el criterio ya no se vende en el mercado.  Las declaraciones extemporáneas de Andrés Allamand donde afirma que las Fuerzas Armadas están listas y con capacidad disuasiva para defender el territorio de Chile, solo dicen algo que todos sabemos de sobra, pero contribuyen a envenerar adicional e innecesariamente el clima diplomático de las relaciones en el norte, con el gobierno de Bolivia. 

¿Bolivia amenaza el territorio de Chile?

En el mismo momento en que Bolivia se apresta a llevar su demanda marítima a las instancias internacionales, las palabras del Ministro Allamand, solo pueden asuzar los sentimientos nacionalistas de los bolivianos y de algún que otro nacionalista trasnochado en Chile.

¿En qué ayuda a las relaciones y al delicado momento de las relaciones entre Chile y Bolivia que el Ministro de Defensa de Chile salga a los medios con una “pachotada” como ésta?

A excepción que esta rama dura de la derecha, quiera encender el ambiente nacionalista para desviar la atención de las protestas por Hidroaysen.

Punta Arenas, Magallanes (Patagonia sin represas), invierno de 2011.-

Manuel Luis Rodríguez U.

Anuncios

Salvador Allende: la última muerte del héroe

Me impactó fuertemente el reportaje de anoche 30 de mayo en Televisión Nacional sobre la muerte de Salvador Allende.  Que hayan transcurrido 38 años sin que la justicia haya investigado la forma cómo se produjo la muerte del Presidente de la República el 11 de septiembre de 1973, habla mucho de los temores inveterados y de las cobardías ocultas que aún no se resuelven en la política chilena.

Me impacta partir desde el supuesto que podría haber sido muerto el Presidente Allende, porque además de cambiar dee raíz la historia de la forma cómo murió Allende, puedo decir que nada de todo lo que está siendo descubierto producto de la investigación judicial puede cambiar el sentido fundamental y profundo del mito y la leyenda que significa el heroismo político y moral de un Presidente de la República que adopta la decisión final de defender la Constitución y la democracia, aunque sea con un fusil en la mano y aun al precio de su vida.  La valentía moral de Salvador Allende se encuentra por encima de la cobardía histórica de los golpistas que empujaron, provocaron o indujeron su muerte o lo asesinaron..

Manuel Luis Rodríguez U.,

Punta Arenas, Magallanes (Patagonia sin represas), invierno de 2011.-

Versión completa del reportaje de TVN a continuación:

http://24horas.cl/programas/informeespecial/2010/index.aspx?id=120400

Introducción a la globalización – Escriben Karl Marx y Federico Engels para COYUNTURAPOLITICA

“Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos.

La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.

Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de cambio y de producción.

A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político. Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en la “comuna” una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo. Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.

La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.

Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación.

La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.

La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares .

La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media tenían su complemento cumplido en la haraganería más indolente. Hasta que ella no lo reveló no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre. La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empresas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas.

La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social. Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.

La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta o otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta o otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.”

Karl Marx – Federico Engels – Manifiesto Comunista, 1848, Capítulo I: Burgueses y proletarios.

Un país ajeno profundamente nuestro

¿Qué harían Bernardo O’Higgins, José Miguel Carrera, Manuel Rodríguez Erdoiza o Camilo Henríquez frente a los megaproyectos energéticos que pretenden destruir el capital natural de esta tierra que ellos dejaron libre e independiente, antes o después de morir por Chile?

 ¿Qué dirían esos “delincuentes” que hoy llamamos Padres de la Patria chilena,  si supieran que los bancos están en manos de españoles, que los seguros están dominados por españoles, que las telecomunicaciones están controladas por españoles, que el cobre está en manos extranjeras, que el agua está en manos de capitales foráneos, que las reservas pesqueras son explotadas por empresas foráneas, que la electricidad está controlada por empresas extranjeras y que los derechos de pesca en ese mar que tranquilo nos baña son de propiedad de firmas foráneas?

__________________________

Texto completo.

UN PAIS AJENO PROFUNDAMENTE NUESTRO.

En aquellos años, cuando comencé a tener conciencia del país, de la provincia y del lugar austral en que vivía, eran esos locos años sesenta, tan reventados de revoluciones y tan preñados de utopías de las que hoy tan pocos quieren oir hablar.

 Creo que era feliz en los años sesenta.  Más bien, puedo afirmar sin lugar a dudas, cuarenta años más tarde, que en aquella época era feliz, posiblemente sin saberlo.

 Por aquí me parece que entro al problema de la libertad del ser humano.  “También el hombre tiene su acto de nacimiento, la historia… acto de nacimiento que se supera a sí mismo…”  escribió Marx.

 La historia es el nacimiento del ser humano.

 El ser es humano cuando acontece en la historia, cuando se humaniza en la historia, o sea en la práctica, en la praxis.  Luego la historia es el espacio donde se construye la libertad humana.  El ser humano es un acto de razón y de libertad, de pasión y de sacrificio, de felicidad incompleta y de búsqueda interminable.

 Y por eso creo.

 Creo en el ser humano, centro de la vida y de la realidad.

 Creo en el ser humano, como entidad racional libre y perfectible, como individuo capaz de redimirse en nombre de la libertad, de la dignidad y de la lealtad, de sí mismo y de toda la humanidad.

 Creo que los dioses son invenciones humanas y que el ser humano es el único y definitivo autor de su existencia, es el único constructor de su destino.

 Creo en la libertad, como supremo valor que hace posible la existencia social y la convivencia entre los seres humanos, entre seres humanos que son a la vez iguales y diferentes.

 Creo que la libertad es un valor ético intransable.

 Y los años sesenta fueron una tentativa de la libertad.

 Debo reconocer que ser hippie –o tratar de serlo o parecerlo- en aquella época era caro, pero sugestivo, novedoso e interesante.  Solo muchos años más tarde me di cuenta que el único diario que teníamos en Punta Arenas, jamás escribió alguna noticia que dé cuenta de la revolución de mayo de 1968 en Paris, pero las noticias corrían de muchos modos y por vías insospechadas.

 La política es consustancial al ser humano y todos los regimenes que han tratado de castrar esta vocación cívica han terminado derribados.  Ser político es ser ciudadano y la ciudadanía es una forma política de ser humano en el presente.

 ESOS AÑOS SESENTA TAN ACTUALES

 En aquellos años, las cosas parecían diferentes.

 Ser revolucionario significaba dejarse crecer la barba, fumarse alegremente un pito (para probar), leer en detalle el Manifiesto o a Marcuse, escuchar las arengas del Che y salir a la calle con la música convocante del Quilapayún.  Los debates juveniles eran políticos e incluso filosóficos, pero llevar un libro bajo el brazo era como llevar hoy un MP4: ayer se escuchaban los Beatles y hoy Lady Gaga, aunque en ambos casos muy pocos entendían la letra…

 Inundaba mi mente de saberes universales,  de conocimientos que iban más allá de las enseñanzas del aula, de lecturas atrevidas e interminables, de sueños forjados desde los albores de la república y entonces muchos de mi generación (me considero un “sesentero” a mucha honra) sentían y tenían conciencia que el mundo se movía en la dirección de los sueños posibles.  En los sesenta creíamos que era posible cambiar el mundo, aquel mundo que veíamos y comprendíamos injusto y desigual y en los setenta lo intentamos.  El problema se llamaba en aquel entonces el “sistema capitalista” y aunque hoy sigue siendo el mismo problema, evidentemente que el sistema se comió y se tragó a varias generaciones.

 Para quienes tuvimos el inmenso privilegio de formar parte de la generación que hizo posible el proyecto y el gobierno de la Unidad Popular, de Salvador Allende, sentirnos parte de su epopeya fue como sentirnos que estábamos haciendo historia, cada uno en su profundo compromiso social, político e ideológico, cada uno en el lugar y en el momento en que la marea del cambio nos encontró.

 ¿Eramos felices en aquella época?  No estoy muy seguro, sobre todo si uno piensa que mientras una mayoría trataba de serlo, una minoría se amargaba con el odio y los rencores acumulados.

 Una enorme cantidad de empresas del Estado como ENAP,  EMPORCHI,  CODELCO, ENDESA, ENTEL, la Compañía de Teléfonos de Chile, estaban funcionando y operaban al servicio de las mayorías nacionales, de los ciudadanos a los que servían, de la nación que les dio origen.

 

En aquella época (que hoy muchos quieren silenciar y distorsionar), el Estado tenía verdaderos servicios públicos, cajas de previsión para todos los trabajadores,  educación pública gratuita, puertos, aeropuertos y servicios aéreos y marítimos, salud pública gratuita, agua potable y alcantarillado a bajo costo, vivienda para el que la necesite, reajustes automáticos de sueldos según el alza del costo de la vida,  escuelas y hospitales al servicio de la mayoría, es decir, un Estado que podía ofrecer seguridad, oportunidades y ventajas a todos quienes las requieran, es decir, un Estado al servicio de la Nación.

 

Después, como dice la canción, “después vino la tormenta…” y una gigantesca marea de terror, de muerte, de represión y de control vino a derrumbar un proyecto abortado.  El hundimiento, provocado y auto-producido del proyecto histórico de la Unidad Popular puso término –a su vez- a un ciclo democrático de la historia de Chile a lo largo del siglo xx, tal como muchos otros proyectos de cambio social habían sido arrasados en Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil y otros países latinoamericanos.

 

Después cayeron varios muros de Berlín, desde 1989 en adelante, pero en el día de hoy tenemos ante nuestros ojos y nuestras pantallas, los nuevos “muros de Berlín” de los que muy pocos quieren hablar, indecentes en su formidable exclusión y contra los cuales hablan y se movilizan muchos pueblos, y que atraviesan con alambradas electrificadas la frontera de Estados Unidos con México y el límite conflictivo de Israel con los territorios palestinos.

 

El imperio estadounidense contra el cual marcharon cientos de miles en Chile por la guerra de Vietnam en 1969, es el mismo imperio de hoy, solo que mas envejecido, más depredador, más dominante, más agresivo, más desafiante, más endeudado y mas temeroso.

 

 

DELINCUENTES Y ANTISISTÉMICOS

 

 

Y aquí estamos nuevamente, instalados en un presente que se nos viene cargado de futuros inquietantes.

 

Treinta o cuarenta años después hemos tomado consciencia de la fragilidad del planeta que nos alimenta y nos sostiene.

 

Treinta o cuarenta años después, parece cada vez más evidente que las mismas razones que movieron a mi generación a levantarse a favor de un proyecto de cambio social o de socialismo, mueven hoy a las generaciones de jóvenes, trabajadores, dueñas de casa, profesionales, desempleados, temporeras, veteranos, jubilados, estudiantes, que salen a las calles y reclaman en aparente desorden por un cambio social, por un cambio de sistema que no ven en el horizonte, en Santiago, en Trípoli, en Magallanes, en Madrid, en Barcelona, en Yemen, en El Cairo o en Siria.

 

El sistema (y los medios de comunicación que le acompaña y le sirve) los desprecia mediáticamente tratándolos de “jóvenes anti-sistémicos” o de terroristas, de la misma manera como los españoles trataban de “delincuentes” por allá por 1811 y 1817 por luchar contra el poder extranjero instalado en su propia tierra,  a algunos jóvenes osados y resueltos de apellidos Carrera, Rodríguez, O’Higgins,  Henríquez, Larrain o Infante.

 

¿Antisistémicos?

 

¿Perdón, dijo usted antisistémicos? Pues bien, todos somos antisistémicos, cuando nos indignamos de ver el despojo sistemático de los recursos, la soberbia política de los gobernantes, la sordera ideológica de las autoridades y la eficiente frialdad de los gerentes.

 

En los luminosos años sesenta y en los insolentes años setenta y también en los sombríos años ochenta, luchábamos desde la tribuna política, desde las calles multitudinarias, desde la prensa oculta (y no desde la prensa obsecuente), desde el silencio riguroso de la clandestinidad, luchábamos para que Chile, digno país subdesarrollado ubicado en el último rincón de América del Sur, fuera dueño soberano de sus propios recursos naturales, su cobre, sus minerales, su mar y sus aguas.   Durante tres o cuatro decenios luchamos y luchamos contra esos poderes extranjeros instalados en nuestra propia tierra, como potencias dominantes sobre nuestros recursos.

 

Pero la palabra y el concepto de soberanía se les olvidó a los magnates del poder financiero y político.

 

Primero, en los años setenta, vendieron la mayor parte de las empresas del Estado, una por una,  al que mejor pudiera comprarlas y al que pagara lo menos posible.  Liquidaron la capacidad industrial y productiva de la economía nacional y nos convirtieron nuevamente en país productor de materias primas para abastecer los mercados extranjeros.

 

Después en los años ochenta, vendieron el enorme y costoso sistema previsional –forjado en más de 30 años de aportes de todos los trabajadores de Chile- y lo convirtieron en una de las industrias lucrativas más insolentemente multimillonarias de Chile y hasta se permitieron la impudicia de salir al extranjero a mostrar las maravillas del negocio financiero recién inventado, a costa de las cotizaciones obligadas de todos los chilenos que trabajaban y trabajan. 

 

Así crearon -en el fragor neoliberal de la dictadura- las llamadas AFP, que algunos inocentes llaman todavía “Administradoras de Fondos de Pensiones” y que yo llamo lo que son en realidad: Administradoras de Fondos de Pérdidas.  Sigo creyendo que los uniformados y los ideólogos neoliberales que inventaron las AFP sabían muy bien a quienes iban a beneficiar y a cuántos iban a perjudicar porque,  ¡oh extraña paradoja!, dejaron a los integrantes de las FFAA fuera de las AFP, obligando al Estado, o sea a todos los ciudadanos y contribuyentes a pagar las jubilaciones millonarias de los jubilados de uniforme.

 

Instalaron así la ley del embudo en todo el sistema económico y social.

 

Y después, en los años noventa, recién estrenada la así llamada transición democrática, los gobiernos de turno, siguieron vendiendo las empresas sanitarias, los derechos de pesca, las fuentes energéticas (gas, carbón, petróleo), los derechos de agua, las licencias de telecomunicaciones y de señales televisivas y radiales, todo ello con el buen beneplácito de los nuevos gobernantes de la transición, con frecuencia más preocupados en inclinar la cerviz ante los amos empresariales, a fin de dar muestras de “buena conducta”,  todo como en la “Maldición de Malinche” que nos cantaba Amparo Ochoa.

 

La historia tiene extrañas curvas y recovecos.

 

Doscientos años después de la guerra de la independencia, los españoles controlan hoy la economía chilena como los españoles controlaban la economía de Chile en 1810.

 

¿Qué conducta política creen ustedes que adoptarían el hacendado sureño Bernardo O’Higgins o el abogado capitalino Manuel Rodríguez Erdoiza o el terrateniente santiaguino José Miguel Carrera y Verdugo, si vivieran hoy en Chile?

 

¿Qué harían O’Higgins, Carrera, Rodríguez o Camilo Henríquez frente a los megaproyectos energéticos que pretenden destruir el capital natural de esta tierra que ellos dejaron libre e independiente, antes o después de morir por Chile?

 

¿Qué dirían esos “delincuentes” que hoy llamamos Padres de la Patria chilena,  si supieran que los bancos están en manos de españoles, que los seguros están dominados por españoles, que las telecomunicaciones están controladas por españoles, que el cobre está en manos extranjeras, que el agua está en manos de capitales foráneos, que las reservas pesqueras son explotadas por empresas foráneas, que la electricidad está controlada por empresas extranjeras y que los derechos de pesca en ese mar que tranquilo nos baña son de propiedad de firmas foráneas?

 

¿Qué le pertenece a Chile hoy en realidad?

 

El país, la nación la han convertido en una sociedad anónima cuyos beneficios se acumulan en las manos de unos pocos accionistas mayoritarios (casi todos extranjeros) y donde el resto de los “socios” (unos 8  millones de personas a decir verdad) solo tenemos derecho a un incierto y futuro chorreo… o goteo, para ser más precisos.

 

Si hasta la multimillonaria industria salmonífera, en manos de capitales extranjeros, se permite el lujo de lucrar en el exterior con exportaciones gigantescas a costa de los sueldos miserables a sus trabajadores chilenos y de la profunda contaminación de los fondos marinos chilenos donde se instala.

 

Digamos las cosas por su nombre: se están llevando nuestro cobre, nuestros peces, nuestras plantas, nuestras semillas, nuestros minerales, nuestro gas natural, nuestro petróleo, nuestro hierro, nuestro molibdeno, nuestros recursos energéticos y acuíferos y … ¿nos deberíamos quedar callados y a brazos cruzados?

 

Tenemos derecho a preguntarnos una y otra vez, ¿somos felices hoy en este país que vivimos? ¿A cuánta felicidad tiene derecho hoy un pescador artesanal, una dueña de casa de un barrio marginal, una familia en campamentos en la zona terremoteada, una joven estudiante madre soltera, un jubilado que recibe una miserable pensión, una madre golpeada por la violencia intrafamiliar,  un joven que termina sus estudios y no encuentra un trabajo decente?   

 

¿Somos felices hoy en este país que vivimos?

 

Si tantos cientos de miles de jóvenes estudiantes salieron a las calles reclamando una mejor educación en 2006 y les dieron a cambio, la misma educación pero más selectiva, más clasista y más cara, ¿de qué nos extrañamos que ahora esos mismos adolescentes, ya algo “creciditos”, salgan nuevamente a las calles y plazas de Chile a reclamar lo que se les prometió y no se les ha cumplido?

 

Si les hemos dicho y enseñado hasta la saciedad en las aulas a estos jóvenes, que Chile debe proteger su medio ambiente y hemos discurseado fácilmente durante 20 ó 30 años sobre el desarrollo sustentable y el respeto al medioambiente, ¿de qué nos extrañamos que hoy salgan a la calle a exigir que se cumpla lo que les hemos enseñado en colegios, liceos y universidades, es decir, que no se sigan entregando los recursos naturales a intereses empresariales depredadores del medio ambiente? 

 

El megaproyecto Hidroaysén, en este sentido, no es más que un nuevo caso emblemático de colusión político-empresarial y la punta del iceberg de una renuncia colectiva y casi total que han cometido la clase política y gobernante, junto a la clase empresarial y corporativa, a lo largo de más de 30 años, en contra de un incierto futuro desarrollo sustentable y equitativo.

 

¿Qué derecho tenemos los adultos y los adultos mayores hoy en Chile de hablar de futuro, mientras contaminamos suelos, aguas y mares e instalamos represas y megacentrales termoeléctricas a carbón, si el futuro lo van a vivir estos jóvenes y  niños de hoy, y a ellos… les lanzamos bombas lacrimógenas para que se callen?

 

A veces se me ocurre que la ausencia de la gran mayoría de los jóvenes ante el sistema político imperante, no se debe solamente a que el sistema les cierra la puerta (más de 2 millones de jóvenes en Chile no se inscriben porque no quieren inscribirse), sino también a que muchos de ellos prefieren esconderse en un presente embrutecedor y alienante, para no tener que vomitar cuando comprenden y toman consciencia de la sociedad excluyente, racista y clasista en que viven, del  Estado oligárquico que los gobierna y del panorama desastroso del planeta en que pretendemos dejarlos gobernando.  

 

Es probable que -en realidad y siendo fríamente realistas- a gran parte de la actual clase política le interese poco ponerse al alcance de un poderoso cañonazo de 2 millones de votos juveniles, capaces de “botarles la estantería” a partidos, oligarquías y liderazgos políticos sexagenarios, cuando no octogenarios…

 

Hoy nos permitimos hablar de un futuro que no viviremos y que no nos pertenece: le pertenece a la generación de niños y jóvenes que hoy transitan por escuelas y liceos, por las aulas universitarias y yo, en verdad, no quiero pasar la vergüenza de imaginarme que alguna vez mis alumnos ya adultos, digan del país que les heredamos: “miren la mierda contaminada que nos dejaron los viejos de los años dos mil…”

 

¿Y la huella de carbono que dejaremos como país en el planeta y en los próximos 30 años, la viviremos acaso nosotros…o la soportarán avergonzados los jóvenes de hoy, cuando tengan 40 ó 50 años de edad?

 

¿Y la felicidad sería para cuándo?

 

Solo puedo advertir que las deudas con la historia –como las deudas con la madre Naturaleza- siempre se pagan…ya sea en el presente o en el futuro…pero inexorablemente se pagan y caro.

 

 Punta Arenas, Magallanes (Patagonia sin represas), invierno de 2011.-

_____________________________

 Una versión PDF de este artículo se encuentra a continuación:

UN PAÍS AJENO PROFUNDAMENTE NUESTRO

Manuel Luis Rodríguez U.,

Punta Arenas, Magallanes (Patagonia sin represas), invierno de 2011.-

_____________________________

Este artículo ha sido publicado en el periódico digital magallánico El Magallanews – www.elmagallanews.cl

http://www.elmagallanews.cl/noticia/sociedad/un-pais-ajeno-profundamente-nuestro-chile-es-de-todos-los-chilenos

Cuando la ecología nos estalla en la cara

El debate político nacional toca hoy (por ejemplo en el programa “Estado Nacional” de TVN) acerca de la postura (cambiante, elíptica, zigzagueante por no decir errática) de los dos grandes bloques políticos en el poder (Concertación y Alianza de derecha), frente al megaproyecto energético de Hidroaysen.

El problema ecológico, medioambiental y energético  les (nos) ha estallado en la cara a la clase gobernante, al Estado y a gran parte de la ciudadanía.

El proyecto actual sobre Hidroaysen vino a dejar al desnudo a las dos coaliciones dominantes: la Concertación por un lado, aparece ahora más “verde y ecologista” que lo que fue durante sus sucesivos gobiernos en favor del megaproyecto eléctrico, y la Alianza por Chile tuvo que tragarse -una vez más- sus indigestas promesas de campaña en favor de la supuesta defensa del medioambiente y de un desarrollo sustentable. 

¿Cuál es la postura concreta y actual de la Concertación frente al proyecto Hidroaysén?  ¿Si estuvieran en el gobierno los mismos neoliberales concertacionistas, no habrían apoyado acaso el megaproyecto hoy cuestionado?

Pero salgamos por un momento de la coyuntura, para comprender en perspectiva los problemas centrales, estructurales que nos afectan.  Estamos en presencia de la forma más dura y pura de neoliberalismo corporativo, transnacional y megaempresarial. 

Hidroaysen e Isla Riesco, entre otros proyectos recientes de contenido medioambiental que han motivado crecientes manifestaciones ciudadanas, han significado una campanada de alerta de la ciudadanía a los políticos y gobernantes.   El negocio gigantesco de Hidroaysen y de Isla Riesco no beneficia a la nación, ni al medioambiente, sino a megagrupos económicos corporativos interesados en sus rentabilidades financieras, en este caso, a las grandes empresas mineras del norte de Chile o a las futuras plantas termoeléctricas del resto del país.

Por lo tanto, de estas movilizaciones ciudadanas que ocupan calles y plazas, redes sociales y espacios virtuales en todo Chile, surgen dos problemas políticos pendientes y de la mayor relevancia: se requiere de un nuevo contrato social que abra las puertas de la participación ciudadana, porque el sistema politico parece carecer de mecanismos eficaces de consulta y de involucramiento de los ciudadanos en la política y la exclusión política es capaz de generar crecientes niveles de insatisfacción, inquietud, protesta y resistencia ciudadana.

Y esa participación ciudadana es hoy dramáticamente urgente para enfrentar el otro gran dilema político del presente: la necesidad de adoptar consensuadamente una matriz energética de largo plazo que responda de las urgencias presentes y necesidades futuras del país en materia de desarrollo y de energía.

Participación ciudadana y matriz energética son, por lo tanto, dos aspectos de una misma necesidad ciudadana de una democracia de mejor calidad y de mayor profundidad, que supere la forma binominal de repartirse el poder entre la dos coaliciones gobernantes.

Punta Arenas – Magallanes (Patagonia sin represas), invierno de 2011.-

Manuel Luis Rodríguez U.

Indígnate – El manifiesto de Stephane Hessel que está moviendo multitudes en el mundo

“Pero esta amenaza no ha desaparecido y nuestra ira contra la injusticia sigue intacta. No, esta amenaza no ha desaparecido por completo. Convoquemos una verdadera insurrección pacífica contra los medios de comunicación de masas que no propongan como horizonte para nuestra juventud otras cosas que no sean el consumo en masa, el desprecio hacia los más débiles y hacia la cultura, la amnesia generalizada y la competición excesiva de todos contra todos.” 

Texto completo de este Manifiesto:

INDIGNATE – STHEPANE HESSEL

Es posible otra ciudad

Cuando el municipio de Punta Arenas y gran parte de sus integrantes son objeto de una serie casi interminable de querellas y recursos en los tribunales de justicia, que desvían la atención de los asuntos municipales principales, hay que constatar que en este invierno de 2011, a poco más de un año de las elecciones municipales de octubre de 2012, se ha cerrado (simbólicamente, metafóricamente) un ciclo de gestión municipal y nos enfrentamos a un período en que de más en más, la problemática comunal y municipal aparecerá atravesada por la contienda electoral.

Enhorabuena que así sea.

Los habitantes de la ciudad mientras tanto, presenciarán desde ahora un verdadero “cambio de folio” en el debate público y, al mismo tiempo que irán surgiendo candidaturas y pre-candidaturas, primarias y no-primarias, anuncios y desanuncios, esperamos que el espacio público pueda conocer propuestas consistentes de futuro, proyectos realizables en los 4 años de gestión municipal futura (2012-2016) y que tengan proyección para los años venideros.

Los ciudadanos hoy están y estamos mucho más atentos a registrar los anuncios y las promesas de campaña y a recordarles a los que ejercen el poder, de sus promesas incumplidas.  El gobierno de Piñera enfrenta justamente esa nueva actitud crítica de la ciudadanía: lo que prometes debes cumplirlo.

No queremos un debate político de descalificaciones, ni de recriminaciones sobre el pasado que no fué, sino un amplio diálogo ciudadano con sentido de futuro, como se ha hecho en ocasiones anteriores, en que los ciudadanos y ciudadanas sean escuchados y atendidas sus demandas, en que los candidatos oigan a las organizaciones sociales y ciudadanas, en que los medios de comunicación generen espacios pluralistas para confrontar proyectos y no ver en pantalla solo a partidarios del mismo bando, moviendose la cabeza afirmativamente como “pinguinos de taxi”…

Necesitamos una mirada de futuro del desarrollo urbano de Punta Arenas, una ciudad que sigue creciendo y expandiéndose, que va a llegar a los 140 ó 150 mil habitantes, que continúa recibiendo mano de obra migratoria desde las regiones del sur de Chile, una ciudad que requiere de un impulso en materia de construcción y de obras viales, parques y espacios verdes, de transporte urbano, de educación y salud y de tratamiento de sus residuos.  Terminados los grandes proyectos de obras públicas que vimos en años anteriores (Costanera, Hospital), la ciudad tiene derecho a preguntarse: ¿y ahora qué?

La ciudad crece y creemos que es posible otra ciudad: con una gran biblioteca futurista, con un espacio moderno para las actividades culturales y el desarrollo de las artes, con mayor inversión pública y un nuevo impulso a una inversión privada responsable y compatible con un desarrollo urbano sustentable (en construcción, en turismo, en conectividad).

Manuel Luis Rodríguez U.,

Punta Arenas, Magallanes (Patagonia sin represas), invierno de 2011.-