Mercadeo y primera vuelta – Salvador Muñoz K.

Una de las mejores lecciones de mercadeo, -esta moderna técnica que ayuda a desatar en el potencial comprador lo que en los EEUU llaman “the compelling reason to buy”-, dice que el mejor negocio es el  que consiste en cobrarles poco a muchísimas personas, y a cambio no darles nada.

Sin ser un especialista, me parece que las promesas electorales forman parte de los ejercicios aplicados de la lección de mercadeo. Prometer no cuesta nada, no entregas ni das nada. A cambio les cobras poco a muchísimas personas: apenas el voto.
En una elección a cuatro bandas hay por lo menos tres candidatos que pueden permitirse el lujo de prometer el oro y el moro visto que solo uno será elegido. E incluso el elegido, antes de serlo, puede prometer lo que le dé la gana: lo que entregue a  cambio, si lo entrega, no lo paga con plata suya. 

Jacques Chirac dijo en alguna ocasión que las promesas electorales comprometen solo a quien las escucha. Una vez elegido, no faltan las razones para esquivar su cumplimiento: la coyuntura económica, la oposición de la derecha (de la otra derecha), el clima, el aumento del precio del petróleo, la baja del precio del petróleo, la inflación, el desempleo, las tensiones del mercado del trabajo, la floración de las añañucas…

Jorge Arrate hizo una proposición que no tuvo respuesta: dirigiéndose a Frei y a Enríquez, sugirió acordar las condiciones de un eventual apoyo mutuo en la segunda vuelta. Forma poco común de evitar las técnicas del mercadeo y del engaño. Esa propuesta cayó en el vacío.

Porque si te hacen firmar públicamente, -“ante notario” dice un amigo cansado de los incumplimientos presidenciales-, te será imposible eludir tus compromisos. Toda vez que un acuerdo de esta magnitud debe ir acompañado de un calendario de realización muy preciso.

¿Qué es lo que identifica claramente la candidatura de Jorge Arrate con relación a todas las otras? La voluntad de convocar una Asamblea Constituyente para ponerle término, definitivamente, a la institucionalidad heredada de la dictadura.  Nadie puede llamarse a engaño: la época de los cheques en blanco se terminó. El que quiera ser presidente con los votos de la Izquierda debe asumir, pública y  solemnemente, el compromiso de terminar con el entramado jurídico que hace de nuestro pueblo el simple objeto de la dominación oligárquica.

Votar por Jorge Arrate en la primera vuelta tiene ese sentido: devolverle al país su calidad de República democrática y al pueblo de Chile su calidad de único Soberano. Mientras más votos obtenga Jorge Arrate, más difícil será esquivar esa cuestión fundamental: la Asamblea Constituyente.  La Izquierda es responsable, no tiene ánimo de revancha: Busca un acuerdo que saque a Chile de la camisa de fuerza institucional en que la dejó prisionera la tiranía. Pero no basta.

El silencio de Frei y Enríquez les hará enfrentar ante la ciudadanía la responsabilidad del eventual regreso del pinochetismo al poder. Porque ya basta de cheques en blanco. Basta de mercadeo.

Salvador Muñoz K.

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Lo que me ha devuelto Arrate – Escribe Blanca Lewin

Siempre tuve claro que votaría por Jorge Arrate en esta elección. Pese a no conocerlo mucho. Menos que a Piñera, Frei, Enríquez-Ominami o Navarro incluso. Frente a ese puñado de nombres que por distintas razones me producían un rechazo inmediato, si mi memoria no me fallaba y si mi intuición no andaba mal, Jorge Arrate era un político que siempre recordaría con respeto. Ni siquiera me acordaba de qué hechos eran la razón de esa sensación, pero era mi sensación. Algo que me llamaba la atención es que nadie hablaba de él…

Los medios –incluso los más “alternativos”– omitieron su candidatura gratis, por poco representativa quizás, por mucho tiempo. La contienda era entre tres (y aún lo sigue siendo para muchos). La candidatura de Arrate era ninguneada, por decir lo menos. Por eso es que la primera vez que alguien me llamó, con mucho pudor, para contarme que estaba trabajando en su campaña, me alegré. Era la primera vez que escuchaba que alguien votaría por Arrate, que ni siquiera era una opción posible para nadie antes del primer debate televisivo que se llevó a cabo en TVN. Y por eso, porque sentía que se cometía una gran injusticia, y porque no veía en ningún otro candidato una opción verdaderamente de izquierda, por representar a los que no tienen representación parlamentaria, por todo eso, accedí a acompañarlo a ese primer debate.
Y me metí a la campaña. De a poco.

Desde pequeña me identifiqué con la izquierda. Mi familia nuclear era de “centro izquierda”. Incluso vi cómo en una fiesta echaron a un comunista de mi casa. Porque para la “centro-izquierda”, los comunistas eran extremistas. O quizás era sólo el miedo de que unos tipos con lentes oscuros llegaran a buscarlo y cayéramos todos presos. Crecí con el terror a las fuerzas públicas de todo niño que vivió con los ojos abiertos en los 80. Mi papá un día me pidió que quemara mi diario de vida, en el que había una colección de panfletos, instructivos, volantes de todos los partidos y colores en contra de la dictadura. El rumor era que estaban allanando en el barrio. La esperanza que traía el regreso de la democracia -algo totalmente nuevo para mí- era algo que me recorría el cuerpo, me emocionaba al punto de querer explotar.

Nunca pensé que veinte años después seguiríamos siendo un país cuya Constitución se escribió en dictadura. Nunca pensé que el sistema binominal se extendería más allá del gobierno de Aylwin. Nunca pensé que culturalmente seguiríamos siendo un país poco ilustrado, ni que los libros fueran tan caros, ni que la educación pública fuera tan mala, ni que a los políticos les quedara gustando la plata y se olvidaran de sus propósitos iniciales. Y pese a eso, me fui acostumbrando como todos, me fui olvidando también, fui dejando de creer en lo que antes pensaba que era posible. Me acostumbré al país en el que un funcionario aburrido y mal pagado te dice que “no se puede”.

Eso me ha devuelto Arrate. Esperanza. Izquierda. Palabras que generan tirria en muchos por pasadas de moda. Yo no quiero una izquierda gastada, sólo quiero vivir en un país más justo.

Mi voto por Arrate no va a cambiar nada de eso, no sé si reír o llorar cuando la gente me habla del “voto útil”. El único voto útil es aquel que es consecuente con mis valores y principios. Y mientras más personas pensemos así, menos podrán ser ignorados estos temas en la agenda política. Y quizás así podamos entregarles un mejor país a nuestros hijos. Un país del que se sientan verdaderamente orgullosos. Un país en el que crezcan felices.

Por Blanca Lewin 

Santiago de Chile, 1 de diciembre 2009
Crónica Digital

Sangre y verguenza: la historia sombría de la derecha política chilena

La historia es esa ciencia social cuyo rasgo principal es el de servir de modelo y de espejo de las conductas y las prácticas de los actores sociales y colectivos.  El pasado constituye siempre un elemento central del acervo cultural y político de una nación y constituye una parte significativa de la herencia y de la identidad.

La historia de la derecha política chilena, ese conjunto de organizaciones, partidos, movimientos y entidades que expresan políticamente a la derecha social y económica, ha sido escrita parcialmente y contiene episodios dignos de ser considerados y conocidos por quienes reflexionan el presente y el futuro.

Estos son algunos episodios y hechos históricos relevantes que involucran a la derecha política chilena, a lo menos durante la segunda mitad del siglo XX.

A partir de 1965 y de la creación del Partido Nacional, de la fusión del antiguo Partido Conservador y del Partido Liberal, algo muy profundo cambió en la derecha política chilena.  Volvieron  a renacer entonces los viejos fantasmas fascistas y nazistas de los años 20 y 30, los corporativistas (después llamados “gremialistas”) y los adoradores de la dictadura de Franco  y de Primo de Rivera en España, reaparecieron en las filas del nuevo partido derechista, pero también se reunieron en el Comando Rolando Matus, en el movimiento Tradición, Familia y Propiedad, FIDUCIA,  y en el Movimiento Nacionalista Patria y Libertad, hijos terroristas putativos de la misma derecha en plena mutación.

El gremialismo político e ideológico, surgido en los años setenta en la derecha chilena bajo una inspiración franquista, es la expresión criolla de un neofascismo corporativista, que se disfraza de independencia política y hasta de apoliticismo,  para encubrir una ideología reaccionaria, elitista y oligárquica. Un cierto catolicismo integrista ultraderechista formaba parte también del ideario gremialista ya descrito. 

En el pensamiento político de la derecha chilena, por lo menos durante la convulsionada segunda mitad del siglo XX, hay una extraña mezcla de integrismo católico reaccionario, de conservadurismo, de tradicionalismo nostálgico de las usanzas rurales del siglo XIX, de neoliberalismo económico, de neofascismo corporativista, de gremialismo copiado del franquismo, de nacionalismo patriotero limitado por los intereses mercantiles transnacionales y hasta de militarismo encubierto.

Por eso, la figura  sobria y austera de Jorge Alessandri en 1970 resultaba casi anacrónica a una derecha que se derechizaba a si misma, y se volvió cada vez más fascistoide, a medida que los procesos sociales de cambio que se sucedían en Chile (Revolución en Libertad, Unidad Popular) le generaban miedos ancestrales y temores cerviles.  En 1980 -cuando la dictadura militar de derecha trata de imponer su propia perpetuación en el poder- esa figura del pasado de Alessandri resultará patética en su decadencia y en su renunciamiento final a los valores democráticos liberales que le habían pertenecido antaño.

Pero además, la derecha política chilena durante los años sesenta fue infiltrada ideologicamente por la ideología estadounidense de la seguridad nacional, que tanto “éxito” tendría en algunas academias militares en los años setenta.  Es a partir de fines de los años sesenta y principios de los setenta que la derecha chilena se embarca en la política extremista del crimen político como recurso posible para frenar a sus adversarios y enemigos.

No está demás recordar que en el triste record de la derecha política está el asesinato con fines políticos de dos Comandantes en Jefe del Ejército: el general René Schneider, asesinado en octubre de 1970, para frenar la llegada de Salvador Allende a la Presidencia de la República, y el general Carlos Prats asesinado en Buenos Aires en 1974.  No hay otro sector político en Chile que tenga tan siniestros pergaminos históricos.

El crimen político perpetrado por la derecha dio cuenta, por ejemplo,  en 1972 del Edecan Naval del Presidente Allende, el comandante Arturo Araya.  Nunca antes en la historia de Chile, salvo incluso en las condiciones de la guerra civil de 1891, un sector político había asesinado a tantos militares y uniformados, como sucedió con la derecha chilena.

El propio golpe militar de 1973, con su vasta secuela de desaparecidos, fusilados, ejecutados, torturados, exiliados y detenidos, bien puede ser considerado como el mayor crimen político masivo perpetrado por la derecha, durante el siglo XX.  Este sector político participará activamente en el soporte, colaboración, apoyo, justificación y respaldo al régimen militar implantado.    Los crímenes de los generales Alberto Bachelet, Oscar Bonilla y Augusto Lutz, forman parte también de este historial: la derecha en el poder desde 1973 hasta 1990 tuvo una particular responsabilidad en la eliminación de militares, marinos y aviadores.

En 1982, el dirigente sindical radical Tucapel Jimenez es asesinado cuando se estimaba que sus gestiones de unidad sindical estaban próximas a obtener exito.  Ese mismo año, el exPresidente de la República Eduardo Frei Montalva, es asesinado por agentes civiles y militares de la dictadura militar de derecha,  durante una enfermedad en una clinica particular.  Frei Montalva, desde el plebiscito constitucional de 1980 se habia convertido en un lider indiscutido de la oposicion democratica.  Se trata entonces de una derecha política y militar que asesina incluso a quienes habían sido sus aliados, si recordamos que en 1973, Eduardo Frei Montalva consideró necesario y válido el golpe militar para derrocar  a Salvador Allende.

No cualquier sector político chileno como la derecha tiene el triste record de ser responsable intelectual, político y/o material del asesinato de un ex Presidente de la República, de un Edecán Naval, de dos Comandantes en Jefe del Ejército… 

¿Cuando la derecha política ha dado una explicación a esta historia que le pertenece?  ¿Cuándo han hecho algun mea-culpa o pedido perdon al Ejércio o al país?

Manuel Luis Rodríguez U.