El fin de otro mito o la verguenza de tener un dictador en casa

Qué extraña sensación debe ser esa cuando un mito se viene al piso, cuando el mito se diluye en la violenta crudeza de la realidad.

Los pueblos y, en particular, los pueblos latinoamericanos, parecen haber vivido históricamente en la necesidad de tener un mito que les dé coherencia a sus creencias y sus aspiraciones, y también muy frecuentemente ese mito se personificaba en un caudillo, en un líder, en un elevado personaje ubicado por encima del bien y por debajo del mal.

Sientes como si tus antiguas creencias hubieran sido violadas por un enajenado.

Esos altos personajes se han permitido escribir la historia, amañándola a su imagen y semejanza con la potencia reconstructora del billete, de la utopía o del cañón, y los historiadores se han dado a la tarea de reescribir nuestras historias, bajo el signo de aquellos insignes próceres ubicados por el imaginario colectivo en un altar virtual de virtudes inalcanzables…

En el caso del dictador que tuvimos los chilenos, sin embargo, el mito continuaba encarnado en la mente de sus evidentes seguidores que se habían permitido colocarlo, con nombre, cargo y charreteras, a la misma altura de nuestro Bernardo O’Higgins, aunque la Patria se duela de tales comparaciones grotescas y desproporcionadas.  El hecho concreto es que esos fieles e inseparables seguidores del ya mencionado, que los hay a no dudarlo, deben haber dormido inquietos estas ultimas noches en Santiago: resulta que el mito se les comienza a desvanecer.

Una comisión del Senado de los Estados Unidos, buscando desesperada y meticulosamente información que les permita rastrear las innumerables redes que vinculan al narcotráfico, la corrupción, el terrorismo, los fundamentalismos, el lavado de dinero y las maniobras de baja política, devela ahora lo que muchos chilenos olían sin querer decir dónde estaba el excremento: la corrupción y los chanchullos de dinero en la más alta autoridad de la dictadura.

Estaban en el Capitolio en un “Hearings”, de esos en los que se sacan trapos al sol como lavanderas de campo y oh sorpresa!, ¿quién vino a aparecer?

Pues el mismísimo, tal como lo conocemos!

El propio dictador, ahora devenido apenas  y casi tropical, resulta que manejaba millones de dólares en cuentas secretas personales y corporativas, que circulaban bancariamente de EE.UU. a Gran Bretaña y de la capital americana a Bahamas.

O sea que el personaje nos volvió a salir de rebote…

El fin del mito.  El fin del mito del liberador de la Patria.  El fin del mito del patriota consumado, del patriarca inmaculado e intocable.

Ahora entiendo porqué el hijo Augusto del mismo padre, tuvo que escapar de Chile hace algunos años y hoy vive de sus rentas en Europa, lejos de las manos de la ciega justicia.   Ahora entiendo adónde fueron a parar las innumerables joyas que las viejas empingorotadas del Barrio Alto y otras no tanto, donaban con febril entusiasmo en 1973 y 1974 para la llamada “Reconstrucción Nacional”…  Ahora entiendo cómo paga la cuenta de la luz y del agua en sus departamentos, en sus casas numerosas, en sus bien resguardadas parcelas, Bucalemus y Boldos incluidos y cómo paga la bencina de sus blindados Mercedes Benz en que se desplaza… ahora entiendo…

Como titulaba “La Nación” de Santiago hace unos días: “y además millonario…”, como diciéndonos en nuestra cara que los senadores estadounidenses, actuando como cazafantasmas otra vez, sacaron a luz las mismas heces, que nosotros los chilenos no queríamos reconocer se encuentran en el fondo de ese pozo negro.

Es decir, su ficha médica o prontuarial podría decir perfectamente: “general que traicionó al Presidente que lo nombró Comandante en Jefe, victimario del Jefe del Estado, perseguidor de millones de compatriotas suyos, liberador de las empresas chilenas y sus conexiones extranjeras, autor de un golpe de Estado en 1973 y  dueño del fundo Chile durante 17 años, ocultó los miles de individuos que asesinó, y ahora millonario de desconocido origen, con nutridas cuentas bancarias en Estados Unidos, Gran Bretaña y Bahamas”.

No se extrañen ustedes si en estos días, sean muchos más los que callen que los que salgan en su defensa.

Ese es el concepto de lealtad que muchos de ellos conocen: fueron leales con el hombre como funcionarios, como jefes bien pagados, como autoridades, como expertos asesores y consejeros de oreja cercana, cuando los tiempos eran buenos, cuando los milicos les habían abierto la puerta de la Moneda a punta de cañonazos; pero ahora que el veterano aparece un poquitín salpicado de corrupción en dinero verde, muchos de esos cercanos y partidarios, se correrán por la tangente, se quedarán callados, mirarán para otro lado como haciéndose los huevones -no vaya a ser cosa que si se definen vayan a perder votos preciosos- y la lealtad se les habrá olvidado como una diarrea molesta que eliminas tirando la cadena…

Tan patriota se ha puesto, que ha preferido esconder sus dineros en un banco de Estados Unidos y no en un banco de su propio país, como sería de esperar en un chileno patriota que se precia de tal.  Eso es lo que yo llamo “patriotismo de bolsillo”: de corazón son patriotas, pero de bolsillo son extranjeros…

La costumbre esa de andar escondiendo cosas…  Antes escondía cadáveres de izquierdistas en minas abandonadas, en cuarteles desafectados y hasta en fondos marinos; ahora escondía billetes de dólares, muchos miles de billetes, en bancos de Estados Unidos.

Se le cayó el uniforme al mito y el mito ha quedado desnudo.  Chileno…

Manuel Luis Rodríguez U.

(Julio 2004).

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